Una colección de instantes

Despertar (Página 12 de 14)

Diecisiete lunas

Diecisiete lunas he tardado en hacer estos ciento noventa y seis escritos. Diecisiete lunas que me han traído ochocientos setenta comentarios de treinta y dos visitantes-amigos. Algunos se fueron enseguida, tenían más mundo que recorrer, y otros vuelven, en cada giro del mundo, a poner sus pies en el laberinto.

En estas diez mil miradas que asomaron, aún no sé de nadie que se haya perdido, salvo, quizá, precisamente yo. Curiosos laberintos tiene la vida en los que sólo se pierde el constructor.

Diecisiete lunas de visitas propulsan este viaje interior sin rumbo fijo. Las huellas de aquellos que caminaron conmigo —paralelos, cruzados o en círculo— son visibles y están frescas todavía. Diecisiete veces al día, esté donde esté, las uso como combustible que impregna la tinta.

Diecisiete lunas caminando, diecisiete lunas de letras y canciones, no me han aclarado todavía hacia dónde dirigir mis pasos. No por caminar tranquilo y sosegado, anda mi corazón menos perdido, ni mejor orientado.

Pero, no saber a dónde voy, no me asusta ni me retrasa. En tanto me acerco hasta la siguiente duda, dejo aquí por escrito, para quien sea que lo lea, diecisiete veces… ¡gracias!

La memoria del agua

En el carril escarpado graznaban las piedras al paso de las ruedas del vehículo. Era un día otoñal con cielo azul y sol de invernadero. Tras los cristales del coche, una cálida placidez de domingo en el campo mantenía cortas mis mangas.

El río que remontábamos había dejado atrás el impulso bravío de la montaña blanca. El agua brillaba entre la sombra de las mimbres y los picos ennegrecidos de los juncos de la orilla. La colina, orientada al sur, crispaba el aire con ocres y verdes descoloridos, salpicando el horizonte con su rampa inconstante de manchas oblicuas que apuntaban hacia las nubes.

Cuando doblamos el recodo que la serpiente del camino tenía trazado, encontramos, ahí mismo, el vado y la explanada que se abría en el otro margen del agua. Una algarabía de niños fuera de contexto rodeaba las mesas apostadas bajo la sombra de un caqui medio dormido.

Con un solo paso cruzamos a la otra orilla, porque el río —riachuelo en este tramo— se estrechaba y sosegaba como dando permiso para ser atravesado. Nos colocamos bajo la sombra de un nogal, amarillo, envejecido, deshilachado de otoño. Hubo que ponerse abrigo, porque el viento cortaba las mejillas con su canción invisible de frío, mientras se adornaba la tarde con lluvia de hojas marchitas.

Al cabo de un rato perdí mis pasos un poco más arriba, en donde el transcurso del tiempo sonaba en el agua como un cascabel claro y rellenaba una poza en la que se aplacaba la corriente hasta convertirse en cristal. Un niño, no sé si el que fui o el que aún llevo dentro, onduló la transparencia con un dedo, como dudando de su realidad.

Posé en la superficie una hoja amarilla, un barco a la deriva, acercando mis manos al cauce. Entonces me pareció reconocer la misma agua, la misma hoja, el mismo río que una vez pasó por mi infancia. Me agaché para hacerme pequeño y volver a mirarlo todo desde abajo, con los ojos abiertos de mi inocencia perdida. Me reconoció la memoria del agua cuando me miré en su espejo y me devolvió la sonrisa.

Atravesando el aire brotó una risa que rellenó el paisaje y disolvió la escena. Se hundieron mis recuerdos con la hoja flotante atrancada en una piedra. De entre el juncal de la ribera, de improviso, aparecieron niños en pandilla que jalearon a voz en grito:

——¡Vamos a echar barquitos!

Cuando el sol, ya bajo, terminaba de pintar de sombras la carretera, conduciendo el coche de vuelta a casa entre las nubes de mi cabeza, recordé que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni bebe dos veces el mismo agua.

Sin embargo, llego aquí convencido —si es que hasta ahora no lo estaba— de que todos los ríos que atraviesan la infancia, siempre son el mismo río. Al menos aquella tarde, me pareció verme escrito en la memoria imborrable del agua.

Noviembre

Noviembre me vuelve solitario. Me mete las manos en los bolsillos y me silba en el oído con su viento monótono y desapacible. Me alarga las mangas y me pinta de otoño los huesos.

Me sorprende la noche sin haber consumado la tarde, alargando la desidia y arrugando el mundo hasta que cabe en el haz de luz de una bombilla. La casa está sola a estas horas y rezuman las paredes con el eco de las voces ausentes, con el miedo de los instantes perdidos, con la pasión de besos desparramados por el salón.

La luna llena se esconde detrás de un velo blanquecino, pálido, ojeroso. El visillo del cielo pinta invisible el viento que agita la solemnidad de los cipreses, que se bambolean en fila al borde del patio. Llueve afuera, como sin gana, un llanto desconsolado de niño caprichoso y adormecido. Dentro, caen las mismas gotas de aquel otro noviembre que pasó deprisa y me dejó el corazón tembloroso.

Me siento frágil, desguarnecido. Hueco. Como si la vida se me fuese durmiendo en los dedos, como si el tiempo se me escurriera vivo por la boca de la chimenea encendida en donde me acurruco. Viendo el baile del fuego entre los troncos de olivo, me siento envejecido y maltrecho, asomado a los recuerdos que me asaltan como forajidos crueles.

Soy hombre de gentes, de charla apacible y vaso de vino, pero noviembre me vuelve solitario. Debe ser que hoy noto más intensamente cómo se me van cayendo las hojas amarillas del calendario.

Decir la verdad

El verdadero problema de decir la verdad, el único que realmente plantea dudas éticas, estriba en la subjetividad que ésta lleva implícita. Las verdades absolutas, objetivas, eternas, son realmente escasas a este lado de la física cuántica. Y en el lado de allá, posiblemente ni siquiera existan.

Pero la verdad cotidiana, esa que manejamos inconscientemente y que nos orienta (con mayor o menor acierto) en el camino que decidimos seguir cada día, esa verdad rutinaria que se alimenta de la experiencia propia, de la falsedad de lo evidente, de los errores ajenos y de nuestros principios—creencias, esa verdad, es una verdad incompleta, pillada con los alfileres de nuestros sentidos en el dobladillo de nuestras propias limitaciones.

Porque si nuestra verdad estuviese fuera de toda duda, acertaríamos siempre, seríamos mejores cada día, tendríamos más cuidado al poner los pies para no pisar a nadie y no ser pisado. Y sin embargo, ¡cuántas veces nos equivocamos! Cuántas veces tropezamos, nos sorprende la vida y tenemos que dejar de creer, deprisa, lo que creíamos, para aferrarnos a una nueva verdad recién salida del horno del pensamiento o de las cuchillas del llanto.

En el fondo, me encanta ese carácter perecedero de la verdad. Esa necesidad de continua revisión y comprobación. Ese trasfondo perplejo de utilidad con el que la revestimos. Me gusta la incertidumbre de esa verdad que se me puede escapar entre los dedos en cualquier momento.

A pesar de todo, no desisto de decirla, por ejemplo ahora mismo, cuando me parece necesario explicarla. Lo hago sabiendo que puedo estar equivocado y que ese error puede desencadenar sucesos que no tengan arreglo. Es mi verdad y, por eso, la defiendo con la fuerza de mi vida y de mi pensamiento… pero sólo hasta que deje de serlo.

No me importa reconocer los errores —errar es de humanos, herrar es de herreros— y que me corrijan si me equivoco. Lo que no puedo soportar —porque me rebela los intestinos— es que me increpen por no acertar, me insulten por no estar de acuerdo, me ordenen lo que tengo que pensar y me nieguen lo que pensé sin dar ni un solo argumento.

Afortunadamente, todos sabemos equivocarnos solos.

Balada de noviembre

La noche fue un viento irresistible, una ráfaga de ansiedad. Deshojamos en ella aquel calendario, con el mismo remolino de intensidad con el que lo vivimos. Un pudor exquisito desvistió las palabras y tu voz cansada me revolvió de nuevo la imaginación hasta el fondo.

La noche fue un viaje silencioso, un equilibrio de niebla bullendo en la piel aletargada. Era tan tarde, estaba todo tan oscuro, silbaba tanto el aire en el trayecto que va de tu corazón al mío… que no supe contener la emoción acurrucada en mis dedos de espuma.

La noche fue un temblor de luna, un hormigueo en las manos y en la garganta. El paseo por un tiempo despeinado de futuro con la luz de tu mirada aquella iluminándolo todo y atrapando, como si ya no fuese ayer, la voluntad insaciable de mis ojos.

La mañana ha sido clara de sol redondo, un baño de azul límpisimo impregnando el espacio. Se ha parado el viento y, sobre el patio, han quedado las hojas caídas escribiendo las letras de los versos que la noche onduló sobre el viento. Las he vuelto a leer con la escoba, casi sin querer moverlas de sitio, descifrando en su vuelo de mariposas secas este mensaje infinito.

Que puedo esperar un siglo y gastar la vida entera. Que puedo esperar cuanto quieras y encontrarte en cualquier sitio. Que nunca es mucho tiempo; y que el sueño nunca se pierde, cuando es una balada en noviembre lo que se vive contigo.

Papel amarillo

Se abrió con suavidad la puerta corredera de cristales dando paso al tumulto de la antesala. El edificio, pulcro e impersonal, tenía un olor acolchado de prisas y ambientador a granel. El mostrador gris del fondo hervía de gente esperando en la raya del suelo, frontera ilusoria de una fortaleza de contrachapado preparada para resistir el asedio.

Un poco más allá de la barra de aquella especie de bar especializado en papeles, asomó una chica rubia, recién maquillada con un gesto de querer estar desocupada.

——Disculpe, ¿está usted disponible? ——le pregunté dando un paso hacia delante y levantando tímidamente el brazo. Hace tiempo que no pido un taxi, pero el mohín de desgana que puso no me pareció bajada de bandera.

——Tiene que coger número para que le atiendan y esperar su turno ——su voz, entre didáctica y molesta, me sonó demasiado aguda para su complexión.

Le di las gracias, azorado por la reprimenda, y me giré despacio, buscando el mecanismo que despachaba los números, mientras pensaba en cómo precisamente yo, precisamente ahí, había podido olvidarme de la opresión de las matemáticas sobre el mundo y del triunfo de las listas de espera.

En tanto llegaba mi oportunidad, me senté en una de esas incómodas y asépticas «trisillas» siamesas de plástico que florecen cerca de las paredes oficiales. Y cómo aún quedaba un rato, me entretuve haciendo garabatos sobre la superficie blanca del sobre en el que traía los documentos.

No sé si el cuarenta y uno es mi número de la suerte pero, al oírlo precedido de un timbre electrónico, me levanté torpemente y me dirigí al mostrador en el que otra chica, aunque morena, me esperaba con la misma desgana que la primera.

Extendí los documentos sobre la superficie lisa después de sacarlos del sobre y sin mediar palabra, ella fue comprobándolos, arrancando copias y organizándolas en montones. Se detuvo, se acercó a la cara un finísimo papel amarillo recién recolectado y se quedó quieta un instante.

——Caballero… ——me dijo, por fin, con una formalidad que no anunciaba nada bueno—— Lo siento. No puedo admitirle este impreso porque… bueno… Mírelo usted mismo.

Cuando lo miré detenidamente, yo sólo vi en él un torpe descuido y mi cara debió ser digna de inmortalizarse en foto. Se había calcado todo lo que escribí en el sobre: los garabatos, los dibujitos, las cuatro frases que me vinieron a la mente, tu nombre chiquitito en el margen, media firma en un borde…

Notaba calor en el rostro y un zumbido en los oídos. Había sido un fallo tan tonto, una inexperiencia de chiquillo. Molesto conmigo mismo, el último día del plazo, alterado de pensar en otra mañana perdida de atascos y colas, me puse pálido recogiéndolo todo.

——Espere, quizá tenga arreglo ——la expresión de la chica había cambiado completamente. En un principio supuse que al ver mi azoramiento——. Haremos una fotocopia del original y la utilizaremos en lugar de esta copia. Vuelvo enseguida.

Un minuto le bastó a ella para estar de vuelta y a mí para recuperar el color. Grapó, selló, repartió en bandejas, me ofreció los resguardos.

——Bien, ya está todo, ha tenido arreglo ——dijo casi a la vez que yo le daba las gracias y expresaba lo amable que había sido conmigo.

Hizo una pausa corta y sus ojos se abrieron tanto que parecían los de otra persona que llevara escondida dentro.

——Le importaría… sé que le parecerá raro… ¿me podría quedar con el papelito este?

——¡Claro, por supuesto! ——me pareció extraño, efectivamente, pero no se me ocurrió ninguna razón para negárselo——. No hay ningún problema, pero, la verdad, no entiendo bien por qué… quiero decir… me sorprende un poco que…

——Bueno ——no me dejó terminar la última frase, como sabiendo que era una frase condenada a no tener fin——, es que, en todo el tiempo que llevo aquí… nunca había visto escrito un poema en el impreso de la declaración de la renta. Y la verdad es que es muy bonito.

Entonces, sí, lo recuerdo perfectamente. Sí, en aquel lugar impensable para el corazón, su sonrisa espléndida reventó el mostrador y detuvo las manecillas del reloj por un instante. Asentí alegre sin poder decir palabra. Nuestras manos se rozaron levemente al coger aquel papel amarillo que le ofrecí.

——Además… ——dijo mirándome muy fijamente y señalando tu nombre escrito en el margen——. Además… yo también me llamo así.

Es un burlón el azar, un burlón agridulce que me regaló versos disfrazados y que ahora, por más que lo intento, no me los deja recordar. Al menos, desde entonces sé que tu nombre me da suerte y por eso me gusta escribirlo en todos los papeles que encuentro a mano.

Cuando recuerdo esta historia, me sorprendo imaginando —si es que alguna mudanza no lo borró de todas las memorias— en qué cajón de qué mesilla o entre las páginas de qué libro andará aquel papel amarillo. O que un día, envejecido y doblado, vuelvo a verlo en otras manos…

La mesa del bar

Todo lo que recuerdo de aquella tarde está envuelto en algodón, en esa ternura blanda con la que se revisten los sueños cuando están a punto de cumplirse, en esa luz del día que llama a la puerta de la noche tiñéndolo todo de misterio.

Brillabas sobre el fondo del bulevar, con la estrella de tus brazos recién abierta para mí. Me hubiese quedado allí dentro, en el calor de tu abrazo, mientras se derretía la distancia a la que el azar nos había separado; pero tuve que deshacer mis últimos dos pasos pequeños para ponerme a la altura de tus ojos y no parecer otro loco de tantos que andan sueltos.

Cuando tu cuerpo chocó contra el mío, cuando el espacio se curvó en un ocho y todos los sentidos se redujeron a uno, cuando el universo alcanzó tu temperatura y tomó la forma de tu cuerpo, tuve miedo de que te esfumaras en el aire y te me escaparas por entre los dedos.

Yo sólo fui impaciencia, sólo fui el envase de mi emoción contenida, porque necesitaba creer que, al menos una vez, podía vencer contigo la fuerza centrífuga de la vida. Para ir recogiendo los cabos sueltos, para aspirar el cariño de los círculos abiertos, para no dejar otra conversación interrumpida.

No sabes cuánto te agradezco que estuvieras allí, siendo como eras siempre, disolviendo todo el tiempo que estuve sin verte para que pareciese ayer la última vez que te vi. Comprendo que estoy en deuda contigo, que te debo un sueño.

Porque, ahora, ya soy capaz de imaginar cuando, quizá en esta misma mesa de bar en la que te escribo, cualquier día de estos, el azar permita que se vuelvan a encontrar mis manos torpes para teclear, con tus dedos finos de guitarrista.

Polizón

Ligeramente inclinada y apoyada en el alfeizar, mirando por la ventana, la tarde acariciaba tu pelo con los dedos de la brisa que entraba dulcemente desde la playa. Me acerqué sin notar el esfuerzo de los pasos, embebido en las curvas de tu silueta claramente definida sobre la luz anaranjada que vertía la tarde en la habitación.

Mi sombra se enredaba en la llamada que tu cintura desnuda dibujaba por encima del pantalón. No pude evitarlo y detrás de la sombra fue mi mano, sedienta de piel, la que resbaló por tu costado hasta llegar a tu vientre liso, tibio, acogedor.

Te giraste suavemente hacia mí, de medio lado, muy despacio, como volviendo de un sueño. Quizás estabas más lejos de lo que yo creía y tu alma habitaba barcos en el aquel horizonte de luz diluida.

Sonreíste divertida, con una sonrisa refulgente que arrugaba tus mejillas en un tierno mohín, con tus ojos profundos brillando sobre el mar de fondo. Sonreíste con la serenidad de quien respira hondo y sabe contener sin esfuerzo sus ganas de reír. Sonreíste por dentro, como sonríe el mago cuando está a punto de desvelar con sus manos el efecto de su truco.

Con un dedo en señal de silencio, me miró tu boca de media luna hasta que tus ojos de almendra me dijeron:

——¡Shhh! Despierta, cariño. Te has equivocado de sueño y te has colado en el mío. Vuelve al tuyo, te están esperando.

Besaste tu dedo de la discreción y lo pusiste en mi boca. Al sentir el frío de su tacto en mis labios, efectivamente, desperté abrazado a la almohada con la cabeza aún perdida entre imágenes nebulosas.

Cada vez que me encuentro contigo me sonríes más fuerte, me despides con más suavidad. ¿Acaso no ves que ya no es casualidad, que lo hago adrede? ¿Es que no ves mis labios que se mueven a punto de decirte la verdad?

Si la próxima vez que me cuele en tu sueño, al notar mi mano sobre tu espalda, te apartas de la ventana y me escuchas un momento, prometo explicarte por qué nada ocurre en esta vida ni en este mundo, sin que haya ocurrido antes en un sueño, mío o tuyo.

Móvil

Cuando a media mañana he buscado el móvil para ver la hora —raramente llevo reloj, aunque tengo cuatro o cinco desperdigados por los cajones, porque raramente los miro— me he dado cuenta de que no estaba en la mochila, donde lo suelo poner mientras trabajo.

Después de una búsqueda infructuosa, desandando mis pasos en trayectoria inversa, me ha invadido una sensación angustiosa de desamparo. He repasado todo lo que he hecho esta mañana mirando, con la lupa de un Holmes improvisado, en el resquicio de las rutinas insignificantemente iguales de cada día. Incluso me he parado a pensar en lo levógiro de las puertas y lo dextrógiro de los coches.

Acotando posibilidades, accediendo a un extraño instinto que, no sé bien por qué, es capaz de distinguir la misma acción tantas veces repetida, no he encontrado más respuesta posible que una alternativa: lo he olvidado en casa o lo he perdido para siempre.

No me importa el móvil, lo uso tan poco como el saldo con el que lo alimento, pero me ha dado un vuelco el corazón cuando he reparado en la cantidad de hilos que se pueden haber roto. Los números—apellido que no me sé y los hechizos incompletos de palabras, pero repletos de cariño, que guardaba en su laberinto de circuitos, están entre mis más preciados tesoros.

Es un desastre perder los dígitos en los que mis amigos dejan sus señales de humo. Y poner al descubierto algún secreto que se puede mirar desde su pantalla de plasma o dejar mi identidad vendida en manos de quienes se divierten haciendo llamadas de mal gusto.

Al terminar el trabajo y llegar a casa, lo he encontrado allí, en la repisa de la escalera, mirándome con esa actitud burlona e inocente de «queculpatengoyo» y «amíquemecuentas». He respirado el mismo suspiro que el de un Teseo de la minúscula al notar en su mano el tacto de un hilo.

Dejamos que la memoria impasible de las máquinas usurpe nuestros rincones más secretos. Abandonamos a la electrónica hasta las tareas que nos hacen ser esencialmente humanos, la memoria, la comunicación, los sentimientos.

Y sin embargo, abducido por la paradoja, aquí sigo, escribiendo sobre teclados en lugar de hacerlo sobre tu piel, leyendo pantallas mucho menos profundas que tus ojos y buscando, en discos duros o en circuitos de bolsillo, las palabras que nunca te escuché decirme al oído.

Muro

El muro que los separa, al mismo tiempo que los une, mantiene en pie de guerra a mis dos vecinos de enfrente. El muro que los une, y al mismo tiempo los separa, ha crecido, increíblemente, entre dos personas sensatas.

Creo que la razón está sobrevalorada en estos tiempos de afirmación personal y reinos de Taifas. Me parece que sólo es soberbia contenida, orgullo disfrazado, en dosis cada vez más exigentes para la convivencia pacífica.

Porque estamos cambiando mandamientos por decretos, confundiendo civilización con normativa. Hemos dejado de pensar en los demás para que piense en ellos la policía. Cualquier cosa está permitida si no te pillan «in fraganti», e incluso, aún así, que nadie se atreva a mirarte mal.

Han vuelto los tiempos revueltos del Far West, en los que salimos a la calle empuñando nuestros derechos, para denunciar primero y preguntar después. Y dejamos encerrada en casa la cortesía, mientras campa por sus respetos un peligroso concepto antisimétrico de libertad, que transforma la igualdad en una palabra vacía.

No entiendo de jurisprudencias ni creo en esa razón minúscula que roza el borde de la red en el juego del tuya-mía. Me cuesta hacerme a la idea, porque yo no sé nada de buscar culpables ni de catalogar actuaciones ajustándolas a derecho.

Pero, no lo puedo remediar, me mata la curiosidad de saber qué pasaría si, en el próximo verano de jardín que está esperando en la vuelta de la esquina, mis dos vecinos enfrentados permutaran sus casas durante unos días.

Lo que nos separa de los demás es, precisamente, lo que más puede unirnos en este mundo. La imaginación es un arma cargada de futuro.

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