Instanteca

Una colección de instantes

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Todo excepto nada

Estuvo media mañana probando contraseñas, pero nada, ninguna funcionó. Probó todos los nombres y cargos conocidos, las claves de uso compartido, los códigos de rigor. E incluso se inventó palabras, tecleadas al azar sobre la cajita blanca rodeada de azul. A sus preguntas diversas con diversas palabras, en la respuesta, el ordenador utilizaba siempre la misma palabra: incorrecta.

Cuando llegué estaba al borde de la renuncia, con un pie ya en el autocastigo. Con mis manos limpias, me acerqué y pulsé la tecla intro. Y Windows emitió un ruidito y arrancó.

No quise mirar, hay momentos incómodos que requieren la ausencia de los testigos presenciales. Pero, mientras me marchaba, me dijo:

——Pero, entonces, ¿no había que poner nada?

——Lo habías probado todo ——le contesté——, excepto nada.

Porque no decir, ya es decir algo de uno mismo. Porque no responder, es una respuesta y su sombra. Y porque no preguntar, es afirmar que no queremos que cambien las cosas. ¿O tal vez sí? Y esto es una pregunta…

Porque quizá, entonces, pueda suceder la intimidad. Cuando no haya signos que encierren las preguntas y las respuestas sólo precisen, como contraseña, a alguien dispuesto a escuchar.

Carnaval

Hace algunos años, cuando por fin alcancé los dígitos precisos para esa misteriosa edad que describimos como uso de razón, me dí cuenta enseguida de que ya tenía un nombre puesto. No es que me gustara o no, que, total, en aquel tiempo, lo mismo me daba uno que otro, pero me representaba ante todos y, sin embargo, yo no lo pude elegir.

Fue pasando el tiempo y me acostumbré, lo fui llenando de gente conocida y acabó sirviéndome para predecir, según acentos, apócopes y diminutivos, desde qué parte de mi vida requerían mi presencia otros labios.

Muchas veces deseé cambiarlo y poder tener muchos, uno distinto para cada ocasión. Porque a veces me sentía Juan Ramón o Pablo o Rubén… y otras veces deseaba entender por el nombre a Arturo y a Merlín, ser un poco Robinsón entre los restos de mi naufragio o detener el tiempo llamándome Peter.

Desistí del asunto cuando empezaron a importarme otros nombres más que el mío, que casi se me olvidó a fuerza de tanto mentarme con un «yo» a secas frente al papel. Pero esos otros que llegaron, sin esfuerzo, con una naturalidad que aún ahora me asombra, encontraron el modo de cambiármelo sin que ni yo mismo me diera cuenta. Así que he sido tesoro, primor, cariño, nene, papi, tito y corazón. Y alguna vez, quizás, todos juntos.

Siempre fueron los demás quienes escogieron. Yo sólo recuerdo haberme nombrado instanteca cuando, hace ya mucho tiempo, entre él y yo sumábamos dos. Pero, después de un lento proceso de absorción, sólo me queda lucidez suficiente para saber que no es prudente elegir el propio nombre. Porque nosotros siempre nos inventamos mal y no nos vemos como somos.

Esta noche quisiera, ya ves que tontería, aunque sólo sea para esta noche y no sirva más que para asomarme al horizonte de otra latitud, que fueses tú quien me inventaras un nombre, como si esta noche no fuese el carnaval de los hombres, sino el de las palabras. Así nombrado, prometo meter ortografía, maquillarme las minúsculas y ajustarme bien al tipo.

Geometría de la proximidad

Orbitan los satélites alrededor de un planeta que gira sobre sí mismo y alrededor de otros. No pueden estarse quietos, porque la inmovilidad les haría caer irremisiblemente hasta romper su centro. Por eso juegan a mantenerse siempre a la misma distancia, repitiendo los ciclos consabidos, las fases de la luna y esta universal monotonía de lluvia sobre los cristales.

Pero la vida es más inquieta y aunque consiste en encontrar la distancia justa, no nos deja mantenerla. Deriva de continentes que, contenidos o exultantes, se desplazan unos sobre otros, como en un baile de primavera. Hay que alejarse de uno, mientras se gira, para irse acercando a otro que huye después de haberse acercado. Y aunque puedan cambiar de cintura las manos, no se detiene la música y seguimos bailando.

Las mujeres emiten suavemente las curvas y por eso se mueven en línea recta. Los hombres, en cambio, trazan en el aire una espiral confusa, llena de saltos hacia una mirada y de retrocesos ante la duda. Y nadie puede mantenerse nunca a la distancia exacta.

En esta geometría de la proximidad, vamos modificando figuras. De los dos centros de la elipse más cóncava, puede surgir un triángulo afilado o una hipérbole convexa que se da a la fuga. Y mucho más, y muchas más… Pero suele ocurrir que desde cualquiera, ya sea rectángulo, estrella o media luna, los vértices ignoren desde dentro la forma de lo que preguntan en esos ojos que, cuando nos miran, hacen desaparecer todo lo demás.

Podemos ser felices un instante. Pero ni siquiera eso evita que nos asusten las esquirlas que saltan de las figuras, que se rompen para luego volverse a recrear. Y aun sabiendo que acabaremos haciendo daño, nadie puede resistirse a dibujar. Nadie, nadie, porque quien no baila, está muerto.

Respuesta

Tiene la tristeza la poderosa costumbre de adelantarse al tiempo. Recorre atajos que conoce como nadie y se nos cuela por las rendijas de la coraza. Así dispuestos, nos embarga con anticipos de frontera, como límite que desdibuja el último paso y lo alarga para nosotros, como ausencia indigerible de lo que está por llegar.

Ataca violentamente la víspera y no deja disfrutar del rayo volviéndolo todo trueno, poniéndonos en lo peor. Debe ser que así, alargando la batalla interior, se diluyen los efectos de la derrota anunciada. Pero no nos deja claridad en la mirada mientras vivimos el momento.

En cambio, y jamás he podido entender la razón de este artificio, la felicidad se retrasa. Pasa sin pena ni gloria por el instante, no la reconocemos hasta que ya se ha ido y entonces se convierte en recuerdo de lo vivido, en paraíso perdido y en patria a la que es imposible volver.

Aunque tiene la ventaja de durar hasta el día después y permite disfrutar del río volviéndolo todo de agua, trayéndonos lo mejor de cada gota.

Nosotros, para evitar interferencias en el ánimo y no desvivir los instantes a destiempo, aun sabiendo que los diamantes tampoco son para siempre, deberíamos convenir públicamente, o en secreto, un armisticio: no dejarnos estar tristes hasta que no nos hayamos ido.

Preguntas

Después de tantas despedidas, después de la montaña rusa, después de agotado el sol. Después de este intercambio en zigzag de corazones y picas, después de tantos vaivenes, después de tantas idas y venidas, se desató el error. Debió ocurrir en un cambio de guardia, cuando el adolescente interior se sale de la garita a amasar el humo y a estirar los dedos sobre las teclas.

Entonces cometí un desliz imperdonable al preguntarle, con un humor absurdo al que ahora no le veo la gracia, si tenía previsto olvidarme.

——De momento, no ——contestó, y enseguida cambió de asunto.

Sobrevino de golpe el nudo, sonaron las alarmas de luz naranja y el reloj se interpuso para darme un respiro que no podía ocultar que encerraba una excusa imposible. ¡Qué puñetera manía suya la de la sinceridad! ¿Qué le hubiera costado mentirme?

Actos íntimos en el parque

Mientras yo le bordeaba los costados, la noche tenía ya encendidas las luces del parque. Iba enfundado en lo oscuro de la chaqueta y escondido tras la barba a medio afeitar, mirando a todas partes, pisando en cualquier sitio, buscando una hora y no un lugar.

No me vieron desde el coche rojo que había aparcado, allí, justo delante. Yo tampoco quise mirar cuando vi a los ocupantes aproximarse hacia un abrazo y juntar los labios. Los besos y los abrazos son actos íntimos, aunque se realicen en público o con publicidad.

Un recodo más allá, sobre el segundo banco de la derecha, según se mira hacia el ciprés solitario que se aburre entre tanto boje, dos chicas consolaban con media voz y gesto aterido a una tercera que lloraba. No quise mirar cuando suspiró con fuerza para poder así renovar el alivio de los pulmones. El llanto es un acto íntimo, aunque se prefiera el consuelo de hacerlo entre amigos.

Me crucé con el joven sin darme cuenta, sin previo aviso. Quizás salió de un coche recién llegado. Yo iba mirando a la chica delgada y con pelo largo que salía del portal con el móvil abierto, asintiendo con la cabeza y apretando el paso, como si huyera, hasta perderse detrás de una esquina.

El joven tampoco me vio, porque no estaba mirando. Tenía la vista perdida en un punto infinito de la calle, como si le hubiese prestado el alma al interlocutor que se adivinaba en su mano inmóvil sobre el oído. No quise mirar cuando esbozó una sonrisa y se detuvo para envolverse en su propia sombra, un poco más allá de la farola de luz desvaída. La sonrisa es un acto íntimo, aunque se ejecute en público y sean otros quienes la provocan. Y también la huida.

Sé perfectamente que nadie me vio, que no quisieron mirar cuando vacilaron mis pasos dirigiéndome lentamente hacia ninguna parte. Porque la vida es un acto íntimo, aunque suceda en la noche de un parque desconocido y ante los ojos atónitos o distraídos de los demás.

Pero escribir es un acto público, por más que se le procure un entorno solitario y se realice en la más estricta intimidad. Y llegados a este renglón públicamente juntos, aunque quisieras, no podrías negar que has querido mirar más adentro. Ni yo tampoco podría decir que eso no me reconforta.

Fábula

En un claro del bosque de las dudas, allá donde la noche se estrecha y cabe en un punto y seguido, debajo de la luna que nos mira a los ojos insomnes y brillantes, justo en el momento en que todos los sueños nacen equidistantes, la rana tomó la palabra y dijo:

——No te asomes adentro sin mirarme antes por fuera. Acércate a mí por lo que puedo ser, pero no ignores lo que soy. No esperes golpes de suerte, no me vendas sortilegios extraños, no busques en mí más magia que la que tú traigas en las manos ——tomó aire para seguir croando y continuó——. Y si aún así esperas rescatarme del mundo de los sueños, no pongas toda tu fe en un beso, ni tu corazón en un instante, sino en mí.

Mirando alrededor, hizo un largo silencio que sólo rompió para añadir en un tono inquieto:

——Se nos hace tarde muchacho… ¿Y si vamos procediendo?

Después de oír aquello, no quedaron palabras que decir y nadie sabe con certeza si hubo beso. Yo sólo sé que sucedió después el gran milagro de que ella, encantada, no dejara de ser rana y él, precisamente por eso, siguiera siendo sapo.

Aunque no duren lo suficiente como para creer en ellos, existen los milagros. Los milagros existen cuando se entiende que no hay ninguna felicidad tan pequeña que pueda pasarse por alto. Ni siquiera, pues, tampoco, ésta verde de los batracios.

Después, quién sabe. Porque, qué importa que todo acabe, si ya sabemos de sobra que, lo que no nos gusta, nunca nos decepciona. Luego vendría un sí, o un no. Y más tarde, seguramente, amaneció.

Edades y medias preguntas

Paseaba bajo la lluvia. Quizás lluvia no sea la palabra, pero es que aquí, en el sur, no sabemos mucho de agua. Las gotas parecían pertenecer a una nube de polvo, sin caída, suspendidas en el aire que uno va atravesando. Gotas puntiagudas, digo yo, porque más que mojar, pinchaban.

Entré en el local y el vaho se me encaramó en los ojos mientras saludaba, así que no vi la respuesta. Oírla era imposible porque varios niños, de varios padres, alborotaban dentro mientras los adultos, mirándose al espejo, comentaban el fútbol y las elecciones.

Pedí la vez y esperé sentado, hojeando el periódico de las elecciones y del fútbol. Se fue despejando todo hasta que llegó un nuevo cliente, un chaval joven de pelo largo. No se había cerrado aún la puerta, cuando entró también otro joven con prisa, el hijo del dueño.

Con los dos sillones libres, nos ordenamos por edades y nos dispusimos a que nos tomaran el pelo, eso sí, sin jactancia y con manos hábiles. No hicieron falta semáforos porque entre las dos conversaciones no hubo ni un sólo cruce. Nosotros hablamos de fútbol y de elecciones, mientras que ellos se entusiasmaron relatando coches, locales y fiestas.

Las personas que se acercan y empiezan a conocerme, suelen hacerme la misma y curiosa pregunta: «¿Qué pintas tú con niños chicos?». Yo nunca quiero ver si hay reproche entre los signos, sólo me concentro en entender que hay un halago implícito en el verbo y una carantoña escondida en la inflexión circunfleja.

Entonces, bueno, como puedo, contesto con media respuesta, con la media verdad que les puede interesar, y les digo que me gustan los niños porque son transparentes. A nadie se le ocurre nunca hacerme la otra media pregunta: «¿Qué pintas tú con los adultos?».

A nadie se le ocurre, o es que la preguntita no me deja muy bien parado y el afecto echa el freno de lengua mientras se estira el cinturón de seguridad a fin de mantener una prudente distancia. Y no se le ocurre a nadie, porque todos nos ordenamos por edades, no necesariamente de calendario, pero siempre emotivas.

Y porque ahora estoy en una edad indecisa, porque no acierto bien con quién tengo que ordenarme, porque no siempre encuentro sitio libre al lado de quienes me gustaría, para averiguar la otra media respuesta, me haría falta, sin embargo, hacerme una pregunta completa que no me permito: «¿Y qué pinto yo, entonces, conmigo mismo?».

Auriculoterapia

Prisa. Pasos cortos. De puntillas, a saltitos, evitando los charcos. Encogiendo los ojos y agachando la cabeza, como si así me lloviera menos.

En la acera, a punto de dejar de ser papel y convertirse en grabado, un pasquín publicitario. Caprichoso el azar, llovía. Y yo iba mirando al suelo.

Feng se llama la clínica y el anuncio es de acupuntura y de otra palabra que no entendí bien. Sí, eso de ir dando pinchacitos que no duelen —se supone—, para que se deslíe el ying del yang y se esparzan, como las ondas, unas docenitas de zen.

Retrocedí sobre mis pasos, no pude aguantar la curiosidad. Olas movieron de nuevo mis pies sobre los mismos charcos que ya antes había pisado. «¿Qué palabra era la que había al lado?».

Pues sí, sí, la había entendido bien: «Auriculoterapia». Entonces se me ocurrió pensar en el poder de la imaginación y en lo que tienen que inventarse algunos para vivir.

Más prisa después. Andar y pensar es un ejercicio peligroso, sobre todo si el suelo está resbaloso o los coches te salpican al pasar. Porque seguro que caes, o bien a la madre acera, o bien caes en la cuenta de que tu duda era una certeza.

Más lluvia. En una carrera vuelvo de nuevo al preciso adoquín en donde se deshace el anuncio y me aprendo de memoria los dígitos de la felicidad. Mucha más lluvia y yo, parado, pensando que podría resultar, que puede ser buena idea…

Que tengo que llevarte a la clínica Feng. Y ver si allí el doctor me echa una mano y consigo explicarte, por fin, el mecanismo concreto de por qué me sienta tan bien que me hables al oído. Y aún más si me clavas besos en lugar de agujas con la auriculoterapia que me des…

Llueve otra vez, como si se hubiese enfadado el cielo. ¿Qué hace ese adolescente ahí, parado en una palabra, con la prisa que tiene el adulto que lo lleva dentro?…

Dios y la competencia

Competimos siempre, la vida se vive a la carrera, como si ajustarse a las curvas (y todo el mundo sabe de qué hablo) estrujase el reloj y le arañara segundos para convertirlos en primeros.

Yo iba deprisa, hasta que el semáforo se me adelantó. ¡Siempre dura tan poco lo verde…!

Ni permitimos ni nos permitimos ningún error. Está prohibido equivocarse, como si supiéramos tener siempre la razón, como si fuese una obligación ir por el camino más corto, como si desde que nacemos tuviéramos que ser competentes para todo.

Una furgoneta aparcada en doble fila, atasco consecutivo y veo que no llego. Larga fila de energúmenos detrás.

Competentes, pero competidores, aptos para vivir sin haber superado ninguna otra oposición que la de la biología. Idóneos para los estragos de la vida y del amor, peritos diplomados en el desamparo, incumbentes para la alegría y para el dolor. Pero también errantes y erráticos, interventores e intervenidos, fichas del juego de la oca que van de error en error y tiro porque me toca.

Llueve a cántaros, agua y ruidos de claxon. Sube el niño por la rampa, arropado y abandonado entre paraguas.

En realidad, no nos importa aprender, sólo queremos acertar. Y llamamos acertar a que el otro no se dé cuenta de nuestros fallos. Jamás conseguimos creernos eso de que rectificar es de sabios y somos incompetentes para perdonar. Ni siquiera, especialmente, a nosotros mismos.

Gesticula el conductor, desenreda los brazos y cierra las compuertas traseras de la furgoneta con un portazo.

Si es que siempre me ando por las ramas, pero el caso es que estaba ocupando toda la extensión de la furgoneta. En la foto, la cara intensa de un hombre joven, con la mirada perdida, que se llevaba las manos cruzadas muy cerca de la boca.

El nombre era de una empresa que gestiona recursos humanos y, en particular, la furgoneta en cuestión, traslada a la escuela a niños que necesitan silla de ruedas. Al cerrar la furgoneta, se completaron las palabras rotas por la puerta y pude leer claramente el lema más estúpido y más violento que he leído nunca: «Tu competencia está rezando para que no nos llames».

Y yo, estupefacto, meto la primera pensando: Dios y la competencia, relación si la hubiere. «¡Menudo tema!», que diría el maestro…

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