Instanteca

Una colección de instantes

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Efecto mariposa

Los cambios producen efectos secundarios, no siempre deseados ni siempre indeseables. Cualquier pequeña rutina que se altera influye en muchas otras, en otros ámbitos, en otras personas, en todo. Como un engranaje que patina y hace que la toda la máquina suene y actúe de otro modo.

La fuerza de la biología es limitada, pero inflexible. Todo está entrelazado, todo interacciona mutuamente y los cambios imprevistos que suceden pierden el alivio de tener una causa concreta contra la que luchar.

Los efectos se ven enseguida, un malestar espontáneo que no se sabe si ya estaba antes pero que, al menos, no lo parecía. Un mareo absurdo, un dolor ilocalizable, un picor irrefrenable. Una pesadez de párpados, un estado de ánimo variable o una tirantez en el muslo.

Pero hay secuelas más sutiles que después se derivan. Detalles más íntimos que nos vulneran mucho más en el fondo y que se nos quedan dentro mucho tiempo. Una palabra que brilla distinta dentro de cada mensaje, un pensamiento difuso que da vueltas sin encontrar vocablos que lo alberguen, una mirada perdida en un punto lejano, un detalle que antes se escapaba y que ahora se hace patente. O el hecho de darse cuenta, de repente, de cuánta gente hay embarazada.

Hay múltiples causas encadenadas para cada cosa que sucede, para cada pensamiento que se activa, para cada sueño del que se despierta envuelto en sudor. Cada desperfecto tiene un sentido, cada defecto tiene una función, cada sombra que tapa el camino delinea a su modo los bordes del sol. Cada carencia existe sólo cuando existe su compensación.

En esta complejidad quiero encontrar el hilo conductor que me explique por qué necesito este insomnio y de qué pesadillas me libra. Será porque cuando los deseos se agitan y se destapan, nada se escapa y, tarde o temprano, todo se pone perdido de espuma. Porque no hay efecto mariposa que no haya empezado en el sueño inocuo de una oruga.

Gemido

Estabas dormido y aún no sabes si estás despierto cuando, a lo lejos, se oye un gemido, como en un sueño. Un gemido sordo que va creciendo, que se deshace en el oído con la incertidumbre de no saber lo que significa.

Cada vez se escucha más cerca, más fuerte. Empieza a temblar el pulso, a agitarse la respiración. El corazón acelera el ritmo y te laten las sienes como un verso monótono que no rima, con una cadencia incontenible y asimétrica.

Se oye mucho más adentro, mucho más deprisa, mucho más claramente. Es un gemido profundo, gutural, insolentemente gestado. Un gemido claro y oscuro, que brilla, que fosforece, que perturba, que deja ronco el ánimo.

Un gemido que va rolando por todos los puntos cardinales de la noche, que pasa de ser sencillo a parecer inhumano cuando el mundo se tensa, se desdobla en el gemido durante unos segundos interminables y entonces ella explota por debajo, desde dentro, interrumpiendo con un te quiero la armonía del instante, el equilibrio de la respiración, la consonancia de la frase.

Parecía haberse ido en el sudor, que había terminado todo tras un jadeo. Pero no, el silencio sólo dura un pálpito y sigue sonando por dentro ese gemido ambiguo. Un gemido pueril y estresante, un gemido que parte la noche en dos cuando te das cuenta de que es tuyo, que lo tienes dentro, que sigue ahí, que no provenía de nadie.

Gimes entonces, vuelves a gemir, sigues gimiendo con un estrépito sordo que va creciendo, que deshace por la garganta la incertidumbre del corazón, la de un Asterión encerrado en el laberinto, como en un sueño, a lo lejos, mientras estabas despierto y aún no sabes si te has dormido.

Instanteca

Estas horas parecen espiarme cuando se toman su tiempo para ir resbalando por las pantallas, cuando se toman su tiempo entre palabra y palabra nunca dicha, cuando se toman su tiempo entre reglones consecutivos que apenas expresan círculos de nada para acercarse a los vértices de todo, cuando se toman su tiempo pero nunca su espacio.

Este sillón que me tiene anclado a las puertas de otro mundo me impide a la vez el paso y el retorno, me expulsa y me invita a un paraíso inútil y fosforescente en el que no caben más que dos sentidos, de los que ninguno es el común.

Estas teclas que se hunden en mí, me devuelven de uno en uno los golpes no recibidos, se rebelan altivas ante el peso de unos dedos inseguros y sólo consigo extraer de ellas una retahíla de mudos sinsentidos que apenas duran el tiempo que tardo en existir.

Y por si faltaba algo, por si todo eso fuera poco, por si no fuese ya mi situación suficientemente extraña, él está enfadado conmigo porque ahora cree haberse dado cuenta de que no le sirvo para nada.

Pero yo estoy muy contento de servirle para tanto y sé que le importo. Mirad si no todo el cariño con el que me está diciendo que le estorbo.

Despiste

He mirado por todas partes y no lo encuentro. Debajo del montón de libros que tengo en el escritorio y dentro del lapicero en el que acumulo los clips de colores que nunca uso. He rebuscado por entre las cajas de esas grapas rosas pequeñitas que no sirven nada más que para adorno. Pero no lo encuentro.

¡Qué rabia no tenerlo a mano! Siempre pasa lo mismo con todo, justo ahora que lo necesito, no doy con él. Ya he mirado también en los cajones y los he puesto patas arriba. Y estaban llenos de bolindres, de papelorios y de pamplinas, que guardo en ellos como un absurdo tesoro. Pero tampoco estaba ahí.

He mirado también en la carpeta Mis documentos, por debajo de la impresora, en la mesilla de noche. He revuelto la cómoda, he abierto el armario y he mirado, de uno en uno, en todos los bolsillos de las camisas y de los pantalones. Nada, aquí tampoco.

A primera vista no se ve encima de la tele ni entre los cojines del sofá, ni en el armarillo de las medicinas, ni en el escurridor. ¿Se habrá caído dentro de la lavadora? No, no creo. Digo yo que flota, aunque no lo sé.

Ni en la alacena del chocolate. Bueno, ahí sabía que no estaba, pero no he podido evitar tirar un mordisquito para la ansiedad. Ni en la puerta de las cacerolas, ni en el frigorífico. Ni en los bolsillos —¡eh, que no soy tonto!—, que me he tanteado la ropa y me he mirado las manos. Ni en el pelo, ni en los ojos, ni en la boca. Creo que me voy a dar por vencido. No sé dónde puede estar.

Esto me pasa por desordenado, por este atolondramiento que tengo para las cosas importantes. Y lo peor de no encontrarlo es que ahora me avergüenza la duda y no sé si podrás perdonarme este despiste. ¡Qué rabia! ¿He perdido tu beso o es que, al final, no me lo diste?

¡Con la falta que me haría tenerlo ahora! Para taparme con él la boca y dejar de hablar solo.

Ojos llenos de sosiego

(Por tus visitas y por todos los relatos que pones al alcance de mi mano.

Espero que éste también sea de tu agrado.

Gracias Fernando. Y feliz cumpleaños)

Llegó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse del paisaje. Puso sobre la mesilla de cristal, en riguroso orden alfabético, el cenicero blanco, las gafas para ver de lejos, las llaves de la casa y una taza de té con los bordes manchados de falta de sueño.

Ésta era la hora convenida, el momento del acuerdo con el mundo, el instante de reconciliación con la vida. Encendió un cigarrillo rubio, casi sin gana, como una liturgia aprendida que abría las puertas de un vaporoso edén. Dejando caer suavemente la espalda sobre la almohada, deshizo las horas tan deprisa como se desmorona la conciencia al primer contacto con otra piel desnuda.

Cruzó las piernas con la fatiga de un viandante que ha perdido el camino. Abrió el libro por la página señalada y lo cogió de un pellizco, con ternura, reteniendo en las manos el ímpetu aventurero de aquel pájaro de mil hojas que estaba a punto de volar.

Leyó mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, buscando perderse al otro lado. Leyó sin pasar ni una sola hoja, absorto, atascado en el mismo párrafo una y otra vez. Tres cigarros después, inmóviles en el cenicero, se hizo la noche y un escalofrío lo mandó de vuelta a ese mundo suyo de los que no se ahogan en una gota de sueño.

Se fue mirando a ninguna parte, con los ojos llenos de sosiego, como buscando esconderse de sí mismo y de los demás. Sólo dejó, recuerdo de su paso que encontrar a otro día, el silencio salpicando la luz de la mesilla y un cenicero redondo, blanco, estático, con tres impávidas y largas tiras de ceniza sin fumar.

Así es el fantasma que habita mis sueños. Esta noche, cuando vuelva, mirando a ninguna parte, intentaré reunir valor y preguntarle el título de ese libro que no está leyendo. Si acierto a conocerlo y puedo contarle el final, tal vez no tenga razón para volver y así, cada uno a su modo, por fin, los dos descansemos.

Pero no me molesta su visita, es como si lo conociera desde siempre. Ni siquiera la columna de humo que emerge del cenicero como una serpiente amaestrada me causa ningún estorbo. Pero es que tengo el vago presentimiento de que el único hilo que todavía le ata a este mundo es su curiosidad. Su curiosidad, y la mía por saber si es que allí, al otro lado, tampoco conviene fumar en la cama durante el insomnio.

Sin fin

Se despierta, como te despierta la lluvia que se deja caer sin avisar en una nube de primavera, con pinchazos de agua fría en la cabeza, con ese escalofrío en el corazón que una hora antes la tibieza de la tarde hacía impensable… Y entonces, recuerda.

Recuerda aquel otro instante, aquella otra lluvia de besos, aquel otro escalofrío que la tibieza de un cuerpo abrazado le enredó en la cabeza, aquel aviso de la primavera que le subió a una nube el corazón… Y entonces, se despierta.

Así pasa estos días sin fin, estas tardes de lluvia impensable, de frío que cae sin aviso, despertando, recordando, de pinchazo en escalofrío y enredando la primavera entre las nubes de su cabeza y la tibieza del corazón.

Kilómetros

Los kilómetros nos rodean. Vamos y venimos en ellos, los recorremos siempre a lo largo, con la cabeza llena de preguntas, con las manos pendientes de las rayas, con los ojos más allá de donde alcanza la vista.

Creemos dominarlos, tenerlos a nuestros pies, reconocer el trayecto. Pero son ellos los que nos conducen a todas partes, a cualquier parte, los que componen los caminos que siempre nos traen de vuelta a los mismos sitios, a las mismas personas, a los mismos espacios que antes creímos haber dejado atrás.

Todos los kilómetros tienen nombre. Nombres propios que nos recuerdan la soledad adormecida de la piedra, la formación estática de los olivos, el distinto color de cada tierra, los olores de otras lluvias. Tienen nombres conocidos o ignorados. Nombres invisibles, nombres ilegibles o nombres imposibles de recordar.

Los kilómetros pronuncian todas las sílabas del cariño, todos los recuerdos de la infancia, los laberintos del deber. Prorrumpen en sus silencios el miedo a no llegar, la prisa por entender las distancias, la emoción de los abrazos prometidos. Llevan los nombres del amor y los del dolor, los nombres que llevamos escritos con mayúscula en un doblez del corazón. Y hasta nos dejan nombres que no dicen mucho más que la frialdad de una cifra.

No importa cuántas veces se atraviesen en nuestro camino, pero cada paso, cada kilómetro, tiene un nombre distinto, cada vez, según a quién nos lleva, según con quién se recorre.

Los días en cambio, los días, tienen todos tu nombre. Y las noches, también.

Leer un libro

Andaba en otros aires, volando bajo, pero sin tocar el suelo, con Alberti en la mesilla. Un ansia de mar solitaria le llevaba cada vez más adentro de sí mismo. No encontraba el rumbo como marinero en tierra.

Cuando quiso darse cuenta, ya la tenía dentro. No se supo percatar del asunto hasta que había pasado mucho tiempo y aún entonces dudó una temporada. Leía entonces como empedernido juanramoniano, todo verso endeble que caía en sus manos. Pero entre piedra y cielo, no quiso tocar la rosa.

Amor y literatura corrieron después de la mano de un Cernuda más partidario de lo imposible, de vivir sin estar viviendo, de escribir poemas para un cuerpo separado de la cabeza, que de los ojos centinelas.

Pero para cuando leyó el Aleph, ya estaba perdido en el laberinto, viviendo en la casa de Asterión, como en un cuento fantástico de Darío. Por Ende, atrapado en la prisión de la libertad. Y parecía que nunca iba a llegar al diván del Tamarit que Lorca le había prometido.

A pesar de todo y de Emilio Pascual, el fantasma anidó bajo el alero y no hubo modo de no notar su presencia en todas las horas fosforescentes del insomnio. «Se lee lo que se quiere leer», se dijo, «como se escucha la misma canción concreta hasta que la vida hace coincidir sus metáforas con la letra».

Ahora, tras el desconcierto, cuando se piensa con la claridad que da un final predecible pero imprevisible… ¿Hacia dónde ir? Y no sin miedo, ha encargado en la librería mujeres de ojos grandes, de Ángeles Mastretta. Porque se lee lo que se quiere leer. Quizás, precisamente, lo que se desea.

Y hoy es un buen día para que todos sepan que leer un libro es pedirle un deseo al pie de la letra.

¡Qué calor!

Hace calor en lo sueños. Aunque sucedan en invierno, siempre anticipan temperaturas de primavera. Porque se abrigan del frío que haya alrededor y elevan los grados de las manos y acolchan los latidos insomnes hasta ir entibiando la irresistible caída libre de los párpados hacia la noche.

En mis sueños hace mucho calor y cuando, al cabo, me levanto y me visto sin mirar el color que tenga el cielo, salgo buscando, en todos los ojos que miro, los ojos de un sueño. Mientras tanto voy pensando, escondido tras lo oscuro de las gafas, en mis asuntos, en mis complejos, en este calor que tengo, hasta tropezarme en una esquina con un «¡qué fresco!» que alguien diga, distraídamente, como si no quisiera decir nada o como si quisiera decirlo siempre.

Por más que después siga andando, deambulando y sonambulando por las horas del día, a todos les parece que continúo dormido… ¡Pero qué va! Es precisamente entonces cuando por fin me desvelo, con la firme intención, eso sí, de continuar soñando despierto.

Incluso ahora que escribo, ahora mismo, en estos bordes que comparten el insomnio y la vigilia, no puedo dejar de pensar ni un instante en este calor ni en este sueño. ¡Qué calor, qué calor, qué calor que tengo!

Y lo peor es que este calor no se sofoca con agua. Sólo se quita ardiendo.

Parada doce

A estas horas de la tarde, cuando la vida se toma un respiro y se queda quieta en el patio, suelo sentarme a solas, bajo el resguardo del níspero.

El sol está demasiado ácido, ya lo he intentado, porque se acumula su tibieza sobre la piel y me enreda en estados letárgicos que me llevan demasiado lejos para saber volver. Porque el calor empuja hacia arriba el deseo, porque la soledad arrastra la melancolía, porque la luz cierra los ojos hasta la imaginación.

Por eso prefiero sentarme a la sombra, en este rincón del patio tantas veces visto, y sentir el dedo de la brisa que me recorre entero diciéndome con su gesto imprevisible que me despierte, que no me quede dormido.

Me noto triste, apagado, deambulando sin consuelo por las horas del día. Apenas me salvan los quehaceres cotidianos y las rutinas largamente adquiridas de este cabizbajeo atónito que me tiene ensimismado.

Me pesan los dedos cuando no escribo y, sin embargo, al arrastrarlos por las teclas, los noto cansados, mecánicos, desesperanzados. Supongo que aún me siguen porque saben que, aunque no escribo para ti, escribo para poder estar contigo. Pero ya no saben ignorar que nunca estás al mismo tiempo ni en el mismo sitio que ellos en este doloroso transcurso asíncrono en el que se acaba convirtiendo la literatura.

O porque el doce siempre es un tránsito, una frontera invisible que separa los años y los días, unos de otros y de sí mismos. Los parte en rebanadas, en trozos de una tarta que hay que apurar para alimentar de recuerdos al olvido.

Doce días quedan, un año pequeño, un año minúsculo que invita a una parada. Una parada para vaciarme de tristeza en este texto, aunque le sobre el principio, como a casi todo lo que hago y lo que escribo. Para vaciarme de esta tristeza y poder volver pronto a estar contento. Porque quiero llenar estos doce días de canciones y poesía o, por lo menos, hacer el intento.

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