Una colección de instantes

Despertar (Página 10 de 14)

Misión

Uniformado con la luz especial que tienen los ojos que anhelan musa, armado hasta los dientes con mi canana de teclas y a lomos de un intrépido ratón arquero, me acerqué solemne hacia el estante en el que aguardaba quieto el diccionario.

Se oía murmullo de tropel en descalabro mientras lo transportaba hacia el gabinete de la pantalla pero, en cuanto se abrió, las palabras se ordenaron alfabéticamente y escucharon, en perfecta formación como hacen siempre, mi arenga desesperada:

—Necesito vuestra ayuda para una difícil misión, camaradas. El alto mando del corazón nos necesita para conquistar una mirada.

No hizo falta más discurso. Se adelantaron los verbos, ofreciendo modos y tiempos para emprender sus acciones inmediatas o reflexivas. Los pronombres y los artículos también se animaron enseguida. Las preposiciones, siempre tan predispuestas, lanzaron mil exclamaciones de júbilo. Los sustantivos y adjetivos tardaron algo más en unirse, debido a su dichosa costumbre de concordar en número antes de decidirse.

Los interrogantes, faltaría más, plantearon sus típicas dudas —quién, cómo y por qué— que, a duras penas, contestaron los determinantes, aunque dejando algunas sin responder. Y ya no quedó ninguna cuando empezaron a andar despacio los adverbios de lugar —allí, delante, lejos— al lado de los de tiempo —hoy, siempre, nunca—. Porque hay que saber… que el miedo puede servir de ayuda antes de dar el primer paso, pero no después.

A golpe de tecla, dispusimos las frases mejor coordinadas sobre el lienzo encarnado que subía y bajaba por la pantalla. Esparcieron los posesivos sus trampas por los renglones y se distribuyeron las rimas al fondo. Los párrafos se separaron un poco, para aclarar las ideas, para dar más sentido. Después, tan sólo, tensa espera de semántica nerviosa. Hasta que, al fin, al otro lado del horizonte, apareciste tú, emergiendo de las sombras.

Tu mirada hizo temblar todas las palabras y sacudió las letras. Las derritió el breve movimiento de tu pupila que tiraba a dar con su brillo inquieto. Intentaron resistirse un poco lo pronombres personales sembrando de dudas los significados; pero cuando decidieron tus labios romper el silencio leyendo palabras en voz alta, huyeron despavoridas las metáforas en desbandada, se desordenaron los versos y mi corazón cobarde, en incesante retirada, sólo supo tragarse los besos que no te lanzaba.

Parecerá derrota cuando regresen mis palabras, dentro de un momento, al limbo electrónico que hay detrás de la pantalla. Pero ellas confían y yo espero, que tus ojos retornen a subir y bajar por la colina encarnada para derrotarlas de nuevo. Con las palabras ocurren cosas extrañas —caprichos del azar— y nadie sabe con ellas cuánto se puede ganar aunque parezca que se va perdiendo.

Ando mal

Ando mal de astronomía y no sé si la luz que refleja esta noche la luna es un anticipo del sol que veremos mañana o un recuerdo pálido de la que nos iluminó ayer. O si, tal vez, esa luz es la que ahora mismo está poniendo día en la otra mitad del mundo. El caso es que su cara redonda ha aparecido esta noche maquillada como una geisha y baila en el cielo negro con su abanico de estrellas.

Ando mal de geometría y no atino a encontrar el ángulo que se precisa para ver el futuro en un mapa incierto. En vano busco la tangencia en tu seno, la longitud de tu onda, la torsión de tu asíntota sobre mi pecho. Atrás queda marcada, apenas lo recuerdo, la bisectriz extraña por la que doblaste mis sueños.

Ando mal de biología y me he atascado en mitad de mi metamorfosis, sin saber si morir mariposa o vivir gusano. Anhelo la fotosíntesis que tu luz me provoca a cada paso para dejarme todas las sinapsis erizadas y encendidas, derivando mi sangre a borbotones hacia callejones sin salida.

Ando mal de filosofía y la vida, que esperaba agazapada tras el verano, se ha apostado en una esquina para llenarme los pasos de zancadillas. Ando mal de matemáticas y no sé llevar la cuenta de las veces que los sueños se me desvanecen en mitad de una tormenta. Ando mal de ortografía y todos mis males llevan la hache intercalada en el hueco que dejas sobre mi almohada.

Ando mal de historia, de sociología, de geografía y de derecho. Ando mal de ingeniería. Ando mal, es cierto, no voy a negarlo, pero eso es lo de menos. Porque, de entre todos mis pasos vacilantes, de entre todos mis malos pasos, sólo uno me duele más que mi rodilla rota, sólo hay uno que lamento: que ando muy mal de prosa y, por más prisa que me doy, no soy capaz de alcanzar al verso.

Nadie lo hubiera dicho

Nadie hubiera dicho, cuando nos conocimos, que la balanza de tu corazón se inclinaría hacia el mío. Los gestos educados que esbozamos, no delataron la profundidad del desequilibrio.

Nadie hubiera imaginado que, echarnos de menos, era para ti un misterio y para mí un imprevisto. Que, esperar noticias del otro, era motor y freno, costumbre e instinto, necesidad y antojo.

Nadie hubiera adivinado nunca los sueños en los que nos tuvimos. Nadie hubiese acertado jamás el rostro que se nos aparecía en la oscuridad cuando cerrábamos los ojos. Nadie hubiese podido saberlo, ni siquiera nosotros.

Nadie hubiera creído que yo jugaba a quererte y que tú hacías lo mismo. Nadie hubiera predicho, ignorantes de nuestro asunto, que urdíamos la ocasión para volver a estar juntos.

Tanta gente que se cruza y se aleja, que resbala en los escalones de la memoria, que levanta el polvo del camino sin siquiera dejar una huella, y nosotros, sin previo aviso, sin esfuerzo, hemos bailado a través del tiempo la danza del porvenir.

¿Quién iba a decir, cuando nos conocimos en aquel sueño, que después vendrían un ciento y después otros mil?

Nadie sabrá explicar, cuando nos veamos de nuevo, que nuestro encuentro no habrá sido casualidad. Que nuestro abrazo, suave por fuera pero ardiente por dentro, no habrá sido un regalo caprichoso del azar.

Porque yo sé, como tú sabes, que el encuentro que tenemos pendiente, es un beso inevitable.

Marfan

Cuando me arranques el corazón del pecho y palpite extraño en tus manos, no podrás imaginar cuánto te lo estaré agradeciendo. Ni sabrás nada de mis ganas de vivir cuando veas que mi sangre corre, huye, por los tubos estériles de la incertidumbre.

Nada delatará, ni siquiera su quietud, la devoción con la que mis vísceras aceleren sus pasos temblorosos bajo la intensa luz de los focos. No me dolerá el frío arrasador de los instrumentos, cuando quieras marcar con heridas mi esperanza de vida, que resistirá intacta la embestida de los agujeros.

Amaré la máquina insistente que me impulse a respirar hinchándome el pecho con su cánula. Te llamaré, dormido, para que no desfallezcan tus dedos, para que no tiemble tu espada, para que te tengan en pie tus zuecos.

Ya empezaré a querer tu gorro verde, cuando tus ojos asomados a la mascarilla me miren fijamente y me hagan contar hacia atrás una despedida incompleta, que sólo tendrá sentido cuando despierte. Resistiré con el sueño todas las piruetas de la suerte, y las de la muerte, y las de la espera.

Y después, cuando vuelva atolondrado rezumando anestesia, sentiré correr sangre y suero por mis venas. Aunque me dolerá respirar, estaré alegre de escuchar el sonido electrónico de mi vida; adivinando las ondas indecisas que mi corazón dibuje en un aparato, mientras pienso, que tus ojos son los ojos que mejor me han mirado y más adentro.

No te escribo una carta de amor, cirujano de mi corazón. Es más bien una disculpa, un deseo vehemente. Porque espero impaciente que me hundas en el pecho tu bisturí de metal y antes quiero pedirte, después de todo tu esfuerzo, que me perdones si es que, al final, no despierto.

El esfuerzo del caracol

Horada el silencio de la madrugada con su llamada nerviosa, un grillo despistado, equivocado de estación, que no se bajó a tiempo del tren del verano y sigue su viaje solitario por entre las hierbas del patio, oculto en algún rincón.

Cruza un caracol las baldosas blancas y rojas a velocidad de crucero, dejando en ellas un reguero de plata que sólo la luna es capaz de delatar. Extraña excursión, mudanza casi, por el desierto de cemento hacia un destino incierto de hierba fresca, que sólo existe en su imaginación.

El gato del vecino juega sus bazas de galán primerizo sobre las ramas del níspero en inquietante equilibrio de piruetas arriesgadas. El jazmín renace del desastre del granizo, fanáticamente persevera y afronta de nuevo su interminable ascensión, interrumpida por las turbulencias de la tormenta.

Esta noche, veo locura por todas partes. Pulsión frenética, empeño de vida, que empuja a las criaturas a ir más allá de la supervivencia, más allá del instinto, más allá de la prudencia. El futuro se aparece con fórmulas químicas que enredan desde dentro, imperceptiblemente, la voluntad más escondida hacia los sueños.

Tal vez sea tu llamada, la luna, el espíritu de las cosas, la semilla de la duda o la fuerza del corazón. No sé, es posible que tal vez sea yo. El caso es que me arrastra la odisea del grillo, el esfuerzo del caracol, la voltereta del gato, la cuenta del reloj. Me quema el presente en las manos cuando, aporreando el teclado, te busco para gritarte que tienes que estar en algún lado y que todos los futuros son posibles.

Porque a pesar de mi desconcierto, y aunque parezca increíble, en mi interior también habita un aliento que insiste, un motor que me empuja hacia un pulso inacabable, una inercia invencible que me lleva hacia delante. Un instinto, una creencia, una locura que me impulsa a cruzar este patio de baldosas hechas con literatura.

Para dejar este hilo de plata que sólo puede delatar la luna en el parpadeo de unos ojos imaginarios, asomados al patio de las palabras desnudas.

Demasiada tarde

Suave brisa apuntando a poniente resbala por la tarde húmeda. El sol, escondido entre los nubarrones, no acierta a encontrar un claro en el que exhibirse. A ratos llueve con furia; a ratos, se disuelven las nubes.

Suave brisa, que sacude los frutales del patio removiendo en ellos la melancolía de gotas. Todas las criaturas se esconden de la intemperie y el paisaje se convierte en un desierto de agua. El otoño trae tiempos grises y descorre con ellos el velo borroso de la soledad adormecida.

Suave brisa, que delata el paso antiguo de las horas muertas. Chapotea la calle con brillos de plata el atardecer mortecino que se desparrama. Las sombras avanzan, ya sin la cautela del verano, y se adentran en las casas mucho antes de invadir el campo.

Será la noche la brisa suave que te traiga de la mano sobre mis hombros encogidos. La que despeje las brumas de la estancia solitaria con un soplo apenas de sonrisa encendida. La que te atraiga al umbral descarnado de mi conciencia indecisa.

Será la noche la suave brisa de tus besos, el remolino de tus manos alisándome el pelo, el calor de tu piel aterida que se engarza en mis dedos. Será la noche la que me acerque a tu regazo, a veces real, a veces, imaginario.

Será la noche. Pero aún queda mucha, mucha, demasiada tarde para eso. Y entretanto… ¡Qué inquieto siento el corazón! A ratos late con furia. A ratos, se disuelve en las nubes.

Relatividad

Desde que no estamos juntos —quién sabe si nunca lo estuvimos y la vida siempre es sueño—, ha cambiado todo mucho. Nada puede detener el avance del tiempo. Ni nada puede interponerse cuando el meticuloso engranaje lejano de los astros remueve, a saltos, todos nuestros desplazamientos al rojo.

No he olvidado tu piel; pero, las huellas que me recorrían de norte a sur en la palma de tus manos, han dejado de hervir en la superficie y han iniciado un viaje sin retorno hasta lo más profundo de mi corazón aletargado.

Tus besos tibios, de espuma que estallaba en mis labios, son ahora fantasmas de aire que ansío respirar de nuevo. Su brisa no me alcanza y, por más despacio que me muevo, no consigo hacerlos resucitar a tiempo.

Hemos cambiado de sitio y la distancia de los abrazos se ha convertido en la inmensidad de un calendario ondulado que antes nos mecía suavemente en sus altibajos y que, ahora, se retuerce en días concretos que esperan inútilmente un reencuentro; que ya no es una victoria, sino un regalo agridulce del azar.

Sólo el hilo de tu voz viaja más rápido que el recuerdo y renueva los cabos sueltos de este paisaje solitario del corazón. En mi propia teoría de la relatividad y el asombro, tu voz despierta paradojas mientras pienso que ya no estás, que hemos cambiado mucho. Es cierto y, sin embargo, en el instante tan breve en que me alcanzan a toda velocidad tus palabras, otra vez parece que te tenga a mi lado y que nunca hubiera cambiado nada.

O será que tu voz es capaz de ensancharme el corazón y achicar el espacio.

Entre el hola y el adiós

Entre el hola y el adiós no transcurrió más que un suspiro. Un instante estirado por sueños de futuro dulce que arremetían una y otra vez sobre la orilla de la realidad, mojando su arena y removiendo el fondo.

Pareció un soplo la retahíla de besos, una brisa el vaivén de las manos engarzadas. Parecieron poemas tus labios sobre las páginas estremecidas del calendario, que fueron ardiendo, alegres, una tras otra, en las ascuas de un otoño imperecedero.

Sucedió una nube, un remolino de polvo, una niebla sobre los ojos en la que apenas se distinguía nada más que a locos desafiando cordura. Bocanadas de espuma traspasaron la frontera de la piel haciendo espirales de deseo incontenible. Se transformó en invisible el humo de aquel fuego abrasador en donde aún se derriten los recuerdos.

Todos los momentos que quedaron en la memoria parecieron durar un suspiro. Entre el adiós y el siguiente hola, parecerán ahora transcurrir siglos.

Visita

La verdad es que tu sonrisa sigue llamándome a los ojos, me sigue abriendo las ventanas del corazón para que le entre aire fresco. El mismo aire, el único que alborotas con el pelo cuando te quitas el abrigo. Tenerte a distancia de abrazo, ya lo sabes, no me resulta sencillo.

La verdad es que sigues moviendo las manos cuando me hablas. Y no dejas de moverlas nunca, dibujando palabras a contraluz de una tarde rota escapándose por la ventana. Zarandeas en ellas la taza mientras la sujetas con tanto mimo, que terminas convirtiendo la porcelana en un ovillo.

——No me puedo quejar, ¿y tú? ¿qué tal?

Te observo de reojo para que no veas mi mirada. Para que no te asustes y te vayas corriendo. Para beberte a sorbitos de luz callada y encontrarte desprevenida. Para que no puedas ni siquiera sospechar que mis ojos bailan como locos con tu recital de cercanía.

——Perdona, ¿qué decías?

Te sientas en el borde mismo del asiento, sin cruzar nunca las piernas, para que no pueda olvidarme ni un momento de que no te quedas. Bajas con parsimonia la barbilla y besas el té perdiendo la vista en la pared, en la mesa, en la esquina del mantel…

——Es una pena que tengas que irte tan pronto…

La verdad es que todo sucedió sin imprevistos, bien ceñidos al guion de la cortesía. Frío incluso, como temiendo testigos apostados. La verdad es que hubiera deseado que volviera aquella locura desatada, aquella fiebre infinita, aquel solo de arpa de tus manos en las mías.

La verdad siempre se nos quedó un poco corta, un poco vacía. Tal vez, esta noche, necesite echar mano de una mentira.

Garabatos

Agazapado en el sillón verde, jugando a escuchar de nuevo palabras ya consabidas, me conquistó la blancura del folio que asomaba por debajo de las revistas.

Embarqué sin demora mis ojos en su superficie límpida, inmaculada, que me pedía a voces un bautismo de grafito. Mi espíritu se abalanzó sobre las dos dimensiones abiertas hacia una travesía de trazos arbitrarios; un cierto azar conocido guiaba mis manos por los blancos senderos que aparecían ante mis ojos atentos y ensimismados.

Las rayas del lápiz atravesaron una nieve plana, un mar quieto. Entretejí un laberinto paralelo, ensayé una firma gigantesca, descendí hasta los bordes del precipicio de la impaciencia. Absorto en los trazos imprevisibles de una mano artista, salí huyendo del mundo en el que estaba y me perdí de vista.

Cuando terminó la reunión, volvió la realidad poco a poco, casi como despertar de un sueño. Un poco avergonzado de mi ausencia, justo antes de salir de la estancia, en el quicio de la puerta, volví atrás la vista y no pude evitar una sonrisa al darme cuenta de que enfrente de cada silla, sobre la mesa, todo el mundo había dibujado en un papel su viaje de ida y vuelta. Ninguno estuvimos allí. ¡Cómo me hubiera gustado, entonces, entender el idioma de los garabatos!

Desde entonces no dejo de pensar que, ahora, teclear, en este instante, es emprender una aventura, es enseñarte los trazos caprichosos de otra singladura imaginaria y tener la osadía de invitarte a subir a bordo. Dibujar caminos en la pantalla mientras vuelo lejos sin saber a dónde quiero volver.

Quizás, cuando veas mañana en tu ordenador este garabato, te asome al borde de los labios una sonrisa irreprimible y te rías de mí pensando: «Otro que tampoco estuvo aquí».

Y no te faltará razón. Garabatos son lo que escribo. Garabatos son, lo que más me gusta escribir.

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