Una colección de instantes

Despertar (Página 13 de 14)

Todo el tiempo que pasas conmigo

Se extingue la tarde poco a poco mientras se le van cayendo las horas, deshojando minutos sobre el horizonte. Me sorprende la oscuridad escribiendo, envuelto en las mismas letras que comencé cuando el sol naranja exprimía su más dulce jugo de atardecer.

De renglón a renglón pasa un siglo, una infinidad de viajes a ninguna parte desde ningún sitio, que no soy capaz de traducir a palabras. Al cabo, una frase me roza la punta de los dedos y me vuelco en el papel como si me fuese la vida en ello.

Alguna clase de vida le debo, es verdad, y por eso le estoy agradecido, aunque, por muy a menudo que ocurren, no consigo acostumbrarme a estos instantes vacíos en los que me mira con su cara blanca y muda, como riéndose de mí.

Después, cuando no sé quién de los dos decide interrumpir la espera, salta la chispa y avanzo renglones completos, en un extraño paseo por lugares a los que nunca fui, con personas de las que nunca he regresado.

Cuando termino el viaje de las palabras —puede que ya sea otro día— lo leo con mucho cuidado, como si fuese la primera vez que lo veo. Me ensarto en el hilo que devana y contemplo en un instante lo que tardé horas en escribir, sin poder evitar una sensación extraña de tiempo condensado en las palabras.

Quizás los renglones sean surcos y las palabras semillas. Tal vez, las rimas sean extractos de música y las palabras lleven los minutos liofilizados en la tinta, preparados para deshacerse en el hervor de unos ojos que las miren con intención.

Aunque yo creo que eres tú, que son tus manos de fuego y azúcar, las que, infinitamente más que cuando las escribo, comprimen, en una sola caricia, todo el tiempo que pasas conmigo.

Recrear

Me interesa profundamente el instante creativo, el momento preciso en que el caos se deslía en la imaginación de alguien y se transforma en un orden personal, renacido de la entropía, con capacidad para emocionar. En realidad, es mucho más que un instante, es una sucesión de periodos que van encontrando su sitio sobre un papel, un puzle, metódico o instintivo, que se acaba armando por sí solo.

Cuando leemos, cuando recreamos la emoción que vierte el autor en su obra, pasar de un párrafo a otro es cuestión de un segundo y no nos ofrece ningún indicio del tiempo dedicado a su elaboración. En el post anterior quise contar algo de cómo percibo la compactación del tiempo en ese proceso.

Se me vino a la mente haces que se vaya mi melancolía, un texto de hace un año, pero del que recuerdo haber tardado casi una semana en terminarlo de escribir. Creo que es el más elaborado de los que tengo. Sin embargo, al leerlo —prueba y dime si piensas lo mismo— parece como si hubiera salido de un solo golpe de pluma, como si se hubiese escrito en el tiempo que tarda en leerse.

Estuve tentado de volverlo a postear, aunque al final desistí. Pero, cosas del azar y de su humor caprichoso, se me ha ocurrido fisgonear en la página de estadísticas del blog y, mira tú por donde, he descubierto que es, precisamente esa, la entrada más visitada.

Puede que las estadísticas no sean correctas, que el título de la canción ayude mucho, pero el caso es que me pareció que ya no había excusa para no volverlo a presentar. Por cierto, ya puestos con la curiosidad, el segundo es diecisiete lunas y el siguiente la memoria del agua. Si de mí hubiese dependido tener que elegir tres, aunque me gustan mucho, no habrían sido esos, desde luego.

Pero ya hace tiempo que he comprendido que no se escribe lo que se quiere, sino lo que se puede, y que ninguna obra está completa hasta que otro yo no la reinventa, la recrea, la revive y le añade sus propias emociones para expandir, con ellas, el tiempo comprimido en las palabras.

Mi último pensamiento quiero que sea para Miní, para mi amigo Wilsao. Porque los seres queridos dejan en nosotros una obra que nunca está completa hasta que nosotros la revivimos, la recreamos y la hacemos brillar. Porque sé que, cuando el tiempo distancie el dolor de las ausencias, vuestro recuerdo de Miní habitando el corazón, será capaz de ahuyentar todas las melancolías.

Rojo

De la tarde, sobre el cielo, se escapó el color rojo de entre las nubes y fue a parar a tu vestido. De tu vestido al tendedero, ese que está enfrente de mi balcón. Apenas estábamos en un marzo que nadie sabe cuanto duró.

Por el balcón me entró en los ojos y se me salió por los labios cuando te quité el vestido con el temblor de mis manos. El carmín de tu pecho, recién salido de abril, me dio toda la sed que tengo desde que me lo bebí.

Rondaban mayo los besos cuando el negro de tu pelo saltó hasta el fondo de tus ojos. Quemaba el aire tu piel desnuda, bailaban locura tus caderas, mis manos huían hacia las dunas de tu pecho.

Por la ventana, pronto se asomará enero. Y de tus ojos aún siguen volviendo a los míos, cada vez que los cierro, el carmín, el rojo y el negro.

No es negra la noche

No es negra la noche. Las luces de la autovía, sobre la neblina tenue del invierno que se acerca, le dan un tono azul oscurísimo al cielo. No hay estrellas que resistan el empuje luminoso de la metrópoli sonámbula.

Cuando el asiento del coche es el testigo mudo de una vida, la carretera se convierte en una amiga que me guía por las arterias de luces que recorren la ciudad. Me mueven la brújula las curvas al mismo ritmo que el volante se desliza, apuntando al futuro escrito con rayas blancas en la calzada.

Al salir del túnel, la carretera sube y baja suavemente para mostrarme de frente una luna de Cheshire, de sonrisa oblicua y juguetona. La música que suena me trae recuerdos de tiempos felices por los que pasé de puntillas y en los que me dejaron sus huellas más profundas quienes uno menos se imagina.

Me dan miedo estas ausencias sonoras, porque llegan de improviso y me llevan en un instante hasta el final del trayecto sin haberme dado cuenta del camino. Vuelvo del viaje por los recuerdos, cuando se agolpan las luces rojas en la salida, cuando se apelotonan los coches y, con la suavidad de quien mira por la ventana, me asomo a las vidas rodantes que pasan por mi lado.

Te observo cantando, cerrando los ojos un instante para mirar quién sabe si al futuro o al pasado. Me fijo en tus labios y reconozco las palabras que gritas. Me parece oírte porque tú canción es la misma que la mía.

Me miras, en un instante de esos que se pierden cuando esperamos que el rojo se convierta en verde, y sonríes divertida con otra sonrisa distinta que la de la luna. Entonces me doy cuenta de que también yo estoy cantando.

En el tiempo que dura un semáforo en rojo, hacemos un dúo sonoro de vidas contiguas. Cada uno detrás de su propio muro, mirando por su propia rendija. Después, te vas con la misma levedad con que viniste y me quedo pensando si la música es lo único en este mundo capaz de traducir los recuerdos al idioma de la sístole.

Ya de vuelta, en casa, asomado al frío del patio, vuelvo a tararear la misma letra, perpetrando en voz bajita la misma canción mientras comprendo que no es negra la noche. Por lo menos esta noche, no.

Porque noto aquí dentro, en el corazón, que tu luna de Cheshire me sigue sonriendo como le sonrío yo.

Todo aquello que escribí

No sé si hago bien en ponerme esta canción aquí. Me encanta y me duele escucharla. El pasado lejanísimo me asalta y me lloran los mismos ojos con los que tuve que decirle adiós. Mi yo de quince años aún la quiere a morir.

Son muchas las que me gustan y me conmueven. Son muchas las que me traen recuerdos felices, unas veces, y otras, no tanto. Pero si un genio de lámpara me concediese el deseo de ser capaz de componer una canción, una sola canción, no tengo ninguna duda: volvería a escribir ésta.

Y me volvería a acordar de ti, como ahora me acuerdo, con la sal en los labios y el dulzor en el corazón. ¿Dónde andarás ahora? ¿Dónde andaré yo?

Limonero

El sol se esconde por detrás de las casas del vecindario y el paisaje se tinta de ese gris borroso que empaña los demás colores. Hace un frío de huesos encogidos, un frío que solivianta la piel más curtida con su abrazo irresistible de claridad.

Le queda poco tiempo a la tarde. La despido exhalando bocanadas de vaho mientras contemplo el espectáculo mudo del patio. Se van apagando los verdes, fundiéndose a marrón, y las baldosas se igualan en un ocre oscuro.

Ya es de noche. Puedo decirlo con toda exactitud porque arriba, en el parterre pequeño que acompaña el viaje estático de la escalera, se ha encendido el limonero con todo su cargamento amarillo. Destaca intensamente por entre el mimetismo del celindo y sobre la mediocridad de los cipreses.

Hace dos febreros que una nevada acabó con su apogeo —puede que juvenil—. ¡Qué pena me dio, tan chiquitito! ¡Cuánto lo quise al podarlo! Apenas quedó una vara clavada en el suelo en la que, aunque nadie pudiera verlo, hibernaba la vida deseando explotar.

Sin ruido, se fue poblando de ramas primero, de flores aisladas después y, por último, de bolitas verdes confundidas entre las hojas. Pero de golpe, en poco más de un mes, todos los limones se han encendido y su amarillo ilumina la escalera con más brillo que el que podría dar ningún árbol de navidad.

Para mí es un símbolo, un tesoro. Porque al mirarlo, con las manos en los bolsillos, comienzo a entender que hay que deshacerse, como de ramas rotas, de todos los recuerdos que nos estorban.

Que no hay final que no pueda convertirse en principio, que lo más grande primero fue pequeño. Y que, tarde o temprano, todas las criaturas acaban mostrando lo que llevan escondido dentro.

Ahora recuerdo aquella nevada y cómo me pareció desgracia. Y, sin embargo, tal vez fue la nieve, con su abrazo de hielo, la que llevaba escondida en su tez blanca el esplendor del limonero.

Subiendo la escalera —se ha cerrado la noche—, me vienen a los labios estos versos de Miguel Hernández que tarareo con música de Serrat mientras pienso que la suerte no depende del azar. La suerte es un sentimiento.

Tarta

Aún no sabe nada, ni siquiera tiene tres años. Con su pelo transparente sale a correr por el patio de chinorros como si no existiera en el mundo otra cosa que la brisa que se le mete en los ojos.

Le veo jugar haciendo torres de arena que se caen en escombro con estricta física, sin el más mínimo respeto por las manos de niño que las levantan. Pero él, que no se deja engañar por la realidad, clava palitos en el montón de arena regalado por la gravedad y las convierte en tarta de cumpleaños infinitos.

Me llama para que sople, pero hasta para mí son demasiados palitos y tiene que ayudarme un poquito con el aire que me falta. Entonces me alejo de su fantasía —no vaya a ser contagiosa y me cuenten los años que he soplado—, y llego hasta donde el sol me conforta de este invierno que se adelanta.

Me pierdo en mis pensamientos, en el pulular de los grillos exhaustos de risa que campan por el patio, en la tibieza de la mañana que espera tarde. Medito mis propios asuntos sin perder detalle de la aventura de los chinos.

Entonces, un llanto me gira el cuello hacia sus ojos azules empañados. Está sólo, de pie, buscando una mano. Me he ido de su vida tan sólo un instante y me echa de menos con toda la fuerza de su espíritu.

Lo llamo desde lejos y al verme respira aliviado mi nombre de batalla. Suelta los aperos de la arena y se viene conmigo. Lo miro andar inseguro, con ese titubeo de piernas que me pone en duda el equilibrio, como si el patio se moviese para todos, sin saber si rodará primero por los suelos su corazón o el mío.

——Te había hecho otra tarta y te has ido.

Agarrado a mi pierna, como un llavero de bolsillo, damos pasos pequeñitos mientras cambia su pena, otra vez, por alegría. Y allí estoy yo, como al otro lado del espejo, como sombrerero loco en una fiesta continua. Y sin saber, como nunca sé, cuál es mi papel en el corazón de los otros.

Me abruma entonces la nostalgia futura, porque sé que, no tardará mucho, el azar separa todos los caminos. Y yo me acordaré de su nombre pero a él, seguramente, no le dará tiempo a aprenderse el mío.

Mañana es el día

Mañana es el día. Escribo con prisa, apenas me queda tiempo entre atasco y atasco para agotar la jornada, y no puedo parar ni un momento.

Necesito que hoy pase deprisa, que se agoten los minutos de la impaciencia, que se gasten con los nervios acumulados. Porque mañana es el día y no puedo esperar tanto.

Se me pararán por la mañana un puñado de corazones, andurreando por los pasillos sin poderse estar quietos. Mirando el reloj, respirando flojito, devanando la espera en sus largos hilos. Mañana es el día en que la vida decide sobre la mesa de operaciones.

A todas horas tenemos encuentros y desencuentros con el azar, con el destino. Unas veces nos deja heridos de muerte, o heridos de vida o, sencillamente, heridos. Todos los días son días de equilibrio complejo, todas las noches pueden ser noches de sueño, todos los viajes esperan siempre una salida. Pero el de mañana es un salto gigante, un salto distinto. Un triple mortal hacia delante con la vida pendiente de un hilo.

Mañana es el día, el más largo, el más intenso, el más esperado. Mañana es el único día. Y, después, no sabemos.

Por eso quiero que mi corazón galope esta tarde, que recorra la distancia más rápido que nunca, que vuelen las manecillas de todos los relojes. Para llegar pronto a mañana y liberar de un soplo todas las mariposas, tuyas, mías, que te tengo guardadas en el estómago.

No me gusta anclarme en el pasado ni volver atrás la vista, como tampoco me gusta atragantarme de futuro. Pero hoy estoy seguro de que quiero que llegue mañana deprisa, para que, rías o llores cuando hables conmigo, yo pueda decirte, como siempre te digo, que hoy es el día que más te necesito.

Tengo que seguir corriendo sin tomarme ni un respiro, no puedo descansar ni un momento. No voy a hacer parada ninguna porque el gran día es mañana. O nunca.

Ciclos

Desde que yo recuerdo, mis años siempre comienzan en septiembre y acaban en junio. Y el verano es una prórroga, un añadido especial que sólo cuenta para los niños, un paréntesis en el que la vida afloja el paso, se vuelve volátil y se hace aún más leve su transcurso.

Junio me deja siempre en un estado de ánimo reflexivo, mirando atrás, cerrando círculos, escarbando en la memoria los instantes que se escapan como agua entre las manos, imaginando que hay un futuro más allá del verano.

Pero en diciembre, aunque con mucha menos intensidad, no puedo sustraerme a la sensación general de fin de ciclo que todo el mundo expresa de una forma u otra. La revisión del año que termina, los deseos para el que comienza, los brindis que emplazan citas para un futuro incierto pero irrenunciable, la renovación de promesas personales aun sabiendo que difícilmente se cumplirán…

En estos días le doy vueltas a algunos de esos asuntos —meditar es demasiado «palabro» para mis pensamientos de mucho ruido y pocas luces— con los que me vuelvo a asombrar periódicamente y que me acaban produciendo unas cuantas certezas emotivas, que, al fin y al cabo, son las únicas certezas posibles.

Lo primero que me viene a la cabeza es la imparable aceleración de la vida. Al niño que fui le parecían larguísimos los años, empeñado como estaba en «ser mayor», en entrar en el mundo adulto que tenía alrededor y que parecía tan apetecible. Pero conforme han ido llegando arrugas, se han acortado los años que, ahora, no son más que parpadeos que nadie puede detener en su caída libre.

Además, la memoria ayuda contrayendo los recuerdos, perdiendo fechas en el mar de los días, manipulando momentos y poniendo, al lado unos de otros, instantes que ocurrieron separados por tanto tiempo que casi casi podrían pertenecer a distintas vidas.

Me sorprende profundamente la pasmosa naturalidad con la que aceptamos la fuerza centrífuga del mundo, que aparta de nuestro lado, por diversos motivos, casi siempre tristes, a seres que, en cada momento, sentimos como queridos. Ausencias más o menos breves —y a veces, definitivas— de aquellos que nos dejaron huella al mismo tiempo que con ella se llevan parte de lo que fuimos.

Y, al mismo ritmo que desaparecen de nuestra vida, van apareciendo otros, ocupando su tiempo —que no su lugar en el corazón— y rellenando los días. Me doy cuenta que devenimos en una espiral que gira tan deprisa que convierte los finales en principios, las rutinas en levedad, el vértigo de vivir en carrera de obstáculos. Y el amor, que primero fue loco, se acaba enredando en la cordura de los contratos de paridad.

Me agobia la invasión de lo inútil, el apogeo televisivo de los parásitos, el asedio de las marcas registradas, el esfuerzo anodino que nos ocupan los cachivaches absurdos que no sirven para nada. La necesidades innecesarias de nuevo cuño, la urgencia con que nos aprieta lo intrascendente, la proliferación invencible de los hombres grises y la mutación irreversible del gen que nos convierte en «capullos».

Me estremecen los fanáticos, los agoreros, los hipócritas. Los que siempre tienen preferencia, sea cual sea la vía para tenerla. Los que piensan que empezar una guerra es como ir a la oficina y los que van a la oficina como si empezaran una guerra. Los dictadores disfrazados de corderos y los corderos camuflados como audiencia.

Quizá precisamente por todo eso, me he dado cuenta de que cada vez amo más las cosas pequeñas. En ellas es en donde más cómodo me siento y por eso las busco a mi alrededor, en un gesto amable, en una sonrisa pícara, en una lágrima furtiva que resbala mejillas de dos en dos. Una frase, una poesía, una canción, una buena discusión que acabe con una cerveza, la cara de una nube o una historia que me haga llorar, aunque sea de risa.

Quiero desearme para el futuro tan sólo cosas pequeñas. Que el mundo siga jugando conmigo al ajedrez y que, en alguna partida, de vez en cuando, se deje vencer. Que siga cayendo en todas las trampas que me ponga el azar, sin saltarme ninguna, y que me pueda levantar de todas, a ser posible, con tu ayuda.

Que siga sintiendo cerca las otras vidas que vivo en cuerpos pequeñitos, que pueda mirar atrás a menudo sin querer volver al principio. Que la sombra de otros días no tape el sol de hoy ni la lluvia de mañana. Que nunca se salde mi deuda contigo.

Sólo deseo otro año de cosas pequeñas, que me leas, que me escribas, que me nombres. Y que de todo lo que deseas para mí, este año o algún día, yo pueda devolverte el doble.

Palabras

Alguna vez he tenido la tentación de buscar la palabra más bella del diccionario. No sé por qué nos gustan tanto las listas, ni de donde viene nuestra veneración ancestral por el número uno. Debe ser que somos seres de pensamiento gregario, que sólo sabemos discernir apoyándonos en los opuestos y por eso nuestra debilidad por saber qué es lo más, lo primero, lo distintivo.

He visto que no soy el primero, ni seré el último, en la lista de buscadores de esa inútil hazaña. Encontré en internet una página en la que se había organizado una votación en toda regla, como si ahora, también, la belleza tuviese que ser democrática. Estas son las cien primeras palabras, las más hermosas en castellano, según parece:

abrazo | agua | alba | albahaca | alborada | alegría | alféizar | algarabía | alhelí | alma | almohada | amanecer | amapola | amar | amigo | amistad | amor | añoranza | armonía | aurora | azahar | azul | belleza | beso | burbuja | caleidoscopio | caricia | cariño | chocolate | cielo | corazón | crepúsculo | cristal | deseo | dios | dulzura | empatía | esperanza | estrella | familia | fantasía | fe | felicidad | gracias | hallazgo | hijo | humanidad | humildad | ilusión | jazmín | justicia | lágrima | lapislázuli | lealtad | libélula | libertad | lluvia | luciérnaga | luna | luz | madre | magia | mamá | mandarina | mar | mariposa | melancolía | mujer | murciélago | música | naturaleza | nostalgia | ojalá | palabra | pasión | paz | perdón | primavera | respeto | rocío | sabiduría | salud | sentimiento | serenidad | silencio | sinceridad | sol | soledad | solidaridad | sonrisa | soñar | sublime | sueño | susurro | ternura | tolerancia | universo | utopía | verdad | vida

Y, de entre todas, dime qué deseas y te diré lo que te falta, las cuatro más votadas fueron:

amor | libertad | paz | vida

Aunque todas son bonitas, yo ya tengo mis candidatas, que no están en ninguna lista de palabras. Ni siquiera están escritas, porque sólo me atrevo a decirlas en voz bajita, cuando nadie me escucha ni me atiende, que es casi siempre. Las palabras más hermosas, dime qué deseas y te diré lo que te falta, son las que te escucho decir cuando me abrazas.

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