Una colección de instantes

Despertar (Página 11 de 14)

Aire

Su voz mimosa endulzó el aire que atravesaba. Lo impregnó de misterio adormecido, de sorpresa grata. Palideció la luz de la distancia, que se reflejaba sobre el espejo con brillos de ayer guardados en la memoria.

Bebió de aquel aire para respirar palabras. Pasó despacio por sus pulmones, le ensanchó el corazón, movió sus manos. Los dedos sobre el teclado pintaron acuarelas de colores. Contuvo la respiración, mientras la flecha de la pantalla hacía blanco en el botón que abre de par en par el mundo desde una ventana.

Alguien recorrió la pintura de sus palabras y la transformó en sonrisa. En sonrisa suave, inesperada, de esas sonrisas mudas que parecen pedir a gritos que se acorten las distancias. De esas que sólo puede mantener despierta la melancolía de los recuerdos.

Fue imposible no quererla interrumpir con un beso. Se apretaron los brazos, los labios se entreabrieron esperando respuesta y, después de un instante infinito, se desataron las lenguas. Sólo transcurrió un susurro, el calor de una piel aún palpitaba en la otra, y su voz mimosa endulzó el aire que atravesaba.

Aún sigue bebiendo de aquel aire, para respirar palabras.

Casa vacía

Cuando abro la puerta, al regreso de una jornada monótona y cansina, las paredes del recibidor parecen apartarse, dejar paso, alegrarse de la visita. El silencio sale al encuentro y me recoge los trozos descosidos del alma con una extraña placidez amable. Converso con los muebles en un idioma aprendido de miradas solitarias y la casa vacía respira aliviada, por fin, de dejar de estarlo.

Colgar en la entradilla los aperos del trabajo es como volver a tomar posesión de tu propia vida. Limpiarse las manos de mundo, sentirlas libres y tenerlas dispuestas para uno mismo. Comprimir el infinito en dos plantas, activar la lupa de lo cercano y respirar intimidad. Bajar al camerino en el entreacto y olvidarse un momento de la obra, del autor y de la escena.

El pitido de la tetera, insistente, agudo, rectilíneo, no es capaz de romper el silencio, sólo sirve para adornarlo. Para dar la voz de alarma y cortar el tiempo en daditos que se echan en la taza que remuevo continuamente. La música que suena desde el aparador tampoco lo ensucia ni lo detiene; más bien lo duerme, en las notas que van deshaciendo, poco a poco, el envoltorio de rictus solemne en el que traía guardado el corazón.

Pero no, no todo es apacible. Echo de menos el ruido cóncavo de tus besos, el trajín suave que trae tu baile de pasos simples encaramados en la escalera, la burbuja de tu risa que explota en colores desde la puerta. O un murmullo tranquilo, ruido de calma, de esos a los que convida la vida corriente.

A veces, el silencio se me ondula en la garganta y me asfixian las palabras que quedaron atrapadas en los dientes. Suben y bajan por el pecho fantasmas antiguos vaciando el aire, enturbiándome la mente. Miro al precipicio de la memoria con los ojos desencajados, atrapado en terreno de nadie, con un corazón rebelde que anuncia retirada.

Y me hundo en la tristeza de aquel silencio de palabras. No hay silencio más triste que el que está repleto de palabras. Como aquel, cuando yo no supe escuchar lo que me decías y tú no quisiste mirarme a la cara.

Adiós es una palabra que siempre trae silencios bordados en un doblez de la manga.

A veces no me entiendes

Cuando te prenoto ahí, en el envés de la planalla, intento darte una explicancia de mis sentiverdades. Conmenearte un instante, tizar un hilo que dose la cabezoide y el corazoneo, esmanzanar que se filen mis lapabras en tus tespañas.

Reautobuso en mi adentror más proderrito el sentido de las cosas que me trascruzan en cada momentez, para transredactarlo en el distante que nos mansujeta tan jelos y avallarme cuanre menos.

Pero no sé que ocuzta que, cuanre tercavas de leerme, siempost me miracionas con ésicos ójulos de no estar encolgando nada. ¡Es infactible! Pa jaroces me nonece, que en lagur de leer lo que estamizo, café incompras mis lapabras.

Lobonque resé que, pa jaroces, no me encuelgo ni mismor.

Ni yo tampoco

Cuando te presiento ahí, en el envés de la pantalla, intento darte una explicación de mis sentimientos. Conmoverte un instante, trazar un hilo que una la cabeza y el corazón, esperar que se borden mis palabras en tus pestañas.

Rebusco en mi interior más profundo el sentido de las cosas que me traspasan en cada momento, para transcribirlo en la distancia que nos mantiene tan lejos y acercarme cuando menos.

Pero no sé qué ocurre que, cuando terminas de leerme, siempre me miras con esos ojos de no estar entendiendo nada. ¡Es imposible! A veces me parece, que en lugar de leer lo que escribo, te inventas mis palabras.

Aunque reconozco que, a veces, no me entiendo ni yo.

Simetría

Delante de la pantalla, mirándome al espejo, alcanzo a ver los reflejos del yo que puedo ser. Es un ejercicio insólito, una imagen difusa de mensajes embotellados que flotan en la deriva del tiempo. Un océano electrónico que moja todas las costas, pero que sólo encuentra playa en aquellas orillas que se dejan ver al trasluz de otras señales de humo.

Soy yo mismo, puzle desparramado en los renglones, quien se reconstruye, bit a bit, con las piezas de otros. Es un proceso ambiguo y sorprendente: dulce y triste, áspero a veces. Encuentro simetría en las palabras, vacilo en todos los abismos que abren los espacios en blanco. Me detengo un momento, respiro silencio, en cada suspensión de puntos consecutivos…

Cronometro el eco, bebo infusión de gente remota y cercana, exprimo el jugo de una vida inexistente sobre el universo de tus palabras. Me veo escrito en otras circunstancias, visto de mi talla tus apariencias. Me embebo en otros mundos, que hago míos al tocar la primera letra, y vivo historias que tal vez hayamos soñado juntos. Es entonces cuando noto que, aunque de lejos, siempre te tuve cerca.

No me cansa encontrar preguntas para mi falta de respuestas, ni me aburre el ejercicio intermitente de disentir y estar de acuerdo. Pero lo que me mueve es la curiosidad y el asombro de esta simetría del espejo. Este andar desperdigado en los renglones de otros, esta transfusión de memorias y sueños, parpadeante a intervalos, que se acelera conforme avanzan los versos.

A los dos lados de las palabras tropiezo con mi propio yo. Porque he descubierto que, detrás del brillo, no hay en el espejo simetría más exacta que la del corazón.

Y no puedo evitar esta emoción del estallido de las teclas, esta sombra de inquietud, que me lleva a creer que, en aquello que escribo, sin querer, también andas —y andas bien— reflejándote tú.

Hospital

El bullicio de la ciudad estaba muy cerca. Pero, al cerrarse la puerta del hospital, pareció enmudecer. Los murmullos severos de la sala de espera —sala de desesperación, más bien— emulaban un manantial de intranquilidad. El chirrido de la camilla, avanzando veloz por el pasillo, hizo que contuvieran la respiración todas las bocas al unísono; para no delatar su presencia, si es que la muerte paseara en ese instante entre los vivos.

El silencio de los hospitales es zumbido de incertidumbre. Un silencio pastoso que se queda pegado en el paladar y atraganta palabras en el corazón. Es un silencio que inclina al suelo las frentes, que suspira hacia dentro las emociones incontenibles.

Pero no es el silencio, ni el color de la sangre, ni la palidez de los rostros. Ni el verde de los uniformes que miran el panorama con el desdén de quien convive todos los días con la tragedia. Son los ojos lo que me conmueve, lo que me aniquila el poco valor que me queda. Hay ojos perdidos en las paredes, ojos inexpresivos, acuosos, indiferentes. Pasean por la estancia los ojos a pares, sin mirarse a la cara, como temiendo afrontar a una verdad desconocida.

Sólo el lenguaje estridente de las ambulancias pudo ahuyentar el sopor del silencio y la espera, con mi hombro apoyado en la reciente amistad de una columna. En el umbral de la consulta, las ojeras embatadas de una chica joven me dieron la bienvenida mirando, concienzudas, los papelitos de colores desplegados sobre la mesa. No recuerdo si me llamó por mi nombre.

——Todas las analíticas han salido normales. No debe preocuparse, tranquilo. Anímese, hombre, que no es nada.

El frío de la madrugada me sorprendió con el corazón minúsculamente ingrávido, como flotando por dentro de la camisa. Anestesiado con esa especie de corcho que produce el alivio que sucede al miedo. Deseaba que, al menos, el ruido que me dejé al entrar me estuviera esperando en la puerta, pero la noche no pronunció más palabra que el goteo inconstante de mis pasos.

Volví desvariando todavía inquieto, el regreso duró lo justo, en asuntos en los que ahora aún pienso. En lo efímero que resulta el tránsito por el mundo, en las frágiles criaturas en que nos transforma el miedo, en el poder curativo que tiene una palabra amable o un gesto de aliento.

En que un hospital es un sitio inhóspito, en que a menudo la vida es ingrata. Y en que lo que hoy creemos que lo es todo, tal vez mañana sepamos —por boca de un niño— que, al final, no era nada.

Espada

Cada noche me enfrento a la resistencia de las teclas como una lucha interior, como un conflicto. Son antiguas desavenencias, que llevamos tan en secreto, que apenas se verían desde el exterior de no ser por el ruido de las teclas percutiendo con rabia en el ordenador.

Todos los elementos se vuelven en mi contra. La luz del techo de la habitación es demasiado hiriente en conjunción con la de la pantalla, pero la de la lámpara resulta mortecina. El sillón me expulsa retorciéndome la espalda sobre la mesa, el silencio se retira para dar paso al ruido monótono y molesto de la máquina. Pongo música como contraataque pero acaba siendo peor, porque viajo lejos, montado en las letras de las canciones, y siempre me parece pronto para regresar a la mirada insistente del monitor.

La inspiración —caprichosa desconocida— parpadea sombras sobre mis manos que inician el derramamiento de tinta. Mis dedos se equivocan de botón, las tildes me retrasan y una voz interior me dice que hay algo que no cuadra. De repente, todas las rimas se alían para estorbarme, los versos se desmoronan en prosa; y por si fuera poco, el reloj me recuerda que se está pasando la hora y que aún no he escrito nada.

Despilfarro palabras para luego borrarlas, miro al techo, bebo agua. Me asaltan los recuerdos que no quiero contar, me rondan la cabeza todos los fantasmas que creía olvidados, me emboban los sueños que no alcancé aún pudiendo.

Entonces es cuando mejor entiendo… que la pluma es una espada, que las palabras golpes de voz y que la tinta un veneno, que me atraviesa de lleno las paredes del corazón.

Tardes de agua

Algunas tardes, mirando por la ventana, pierdo la vista en la gente que sube y baja la cuesta. Tararean con sus pasos melodías monótonas, repiqueteos de viaje presuroso. Persiguen relojes como a faros en una tormenta. Suben y bajan a horas concretas, como regidos por una marea indecisa.

Luego aparecen bancos de niños zambulléndose en la calle con patinetas. Algarabía de gritos agudos, estridentes, irracionales. Juego de pies y ruedas que se enredan la acera. Cremalleras de ruido que se abren y se cierran sobre cojinetes de hierro. Olas de velocidad y espuma, mar gruesa, que remueve la playa al alejarse.

Más tarde, veo llegar el agua que las nubes volcaron en la montaña. Corrientes bravías que arrastran sargazos hechos con papel de revista vieja. Llueve con saña y las estrellas de río, envoltorios plateados antes rellenos de patatas, brillan en el fondo de la estela que escapa cuesta abajo hacia el centro de un océano impensable desde estas alturas.

Ahora llegas tú. Te veo aparecer en la curva, indiferente al agua, con tu cofre del tesoro en una mano y, en la otra, una red de supermercado abarrotada. Me miras de perfil con tus dos catalejos de luna y, mientras pasas de largo como quien huye de un mal sueño, recitan mis labios viejas palabras tristes de Whitman: «¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!…».

Algunas tardes grises, como ésta, me haces recordar que ya no soy capitán, sino grumete; que mi barco envejecido ahora es casa embarrancada en la colina. Entonces quiero darme por vencido y encaramarme al trinquete para terminar de una vez este viaje a ningún sitio que me tiene buscándote desde la ventana, y gritar a los cuatro vientos, con todas mis fuerzas, «¡Aguaaa!».

Pero hay tardes grises, monótonas de lluvia, ahítas de agua, que parecen no acabar nunca, nunca llegar a puerto, nunca besar tu playa.

Lazos

Vendrás, vendréis. Os espero impaciente. Inquieto. Necesito revisar los lazos y apretar de nuevo los nudos para que no se suelten. Recoger los hilos, tirar de ellos suavemente para comprobar que aún siguen extendidos, intactos, a salvo de la fuerza centrífuga de la vida.

Te sentarás, os sentaréis, a mi lado. Tal vez, enfrente. Dos sillas más al sur se sentarán con nosotros los recuerdos más recientes. La latitud del pasado huye hacia los polos, se enfría, se disuelve, y quiero evitar la deriva indolente del desplazamiento al rojo.

Quiero que estemos todos. Los que fuimos, los que somos, los que estamos a punto de ser. Una multitud camuflada, los que fuimos hace diez años, deambulando atónitos por el patio. ¿Quién es cada quién? ¿Cómo hemos podido cambiar tanto?

Estoy dispuesto, ansioso, de cambiar el hueco que me dejan los abrazos de las despedidas por un relleno espumoso de besos y sonrisas. Estoy deseando vencer al azar, derrotar al olvido. Comprobar que perdura la hierba que pisamos en aquel cruce de caminos.

Quiero hacer este viaje en el tiempo, modesto, sobrio, comedido. Devorar la distancia, romper las agendas y reunirme otra vez con mis amigos. Para entender quién puedo ser yo de entre todos los que he sido.

Y para saber cómo hemos podido cambiar tanto y, sin embargo, seguir siendo los mismos.

Mensajes

Es difícil controlar el impacto que causamos en los demás. Nuestra actitud en lo cotidiano —tal vez, también, en lo que escribimos— produce efectos imprevisibles en aquellos que nos rodean y sus reacciones a nuestros actos, a nuestras palabras, son la parte más enigmática del viaje por el laberinto.

Continuamente me sorprenden las reacciones de las personas que tengo a mi alrededor. La otra noche, de repente en un atasco, un compañero casual de viaje con el que no me unen más que conversaciones banales y cotidianas, se confía, reúne el valor necesario para contarme su vida interior, su historia endulzada por el tamiz de la memoria. Se emociona en mi hombro asombrado y, con voz pretérita de dolor acumulado, musita palabras en mi oído mientras llora.

Otras veces, me llegan noticias de que hay personas que, aunque pasaron por mi vida apenas un instante, llenan sus ojos de ayer, sonríen y amagan un suspiro cuando me recuerdan en voz alta. Me obligo a revisar los lazos que quedaron tendidos, a escarbar las huellas que dejaron mis palabras, y, por más que rebusco en el pasado común, no soy capaz de encontrar nada.

O surte una voz antigua, alegre, evocadora, desde el auricular del teléfono a la que ni siquiera atino a ponerle el nombre correcto. Me hace navegar por entre recuerdos indescifrables, sentirme en inferioridad de sentimientos, como si se me hubiese extraviado alguna de las vidas que me rozaron y no supiera ni cuándo la perdí ni dónde la he puesto.

Entonces tristemente adivino, que yo también debí resbalar, en un descuido, del corazón de aquellos amigos que nunca me devuelven las llamadas. En ese instante me invade una comprensión infinita, una ternura suave y redonda, una inquietud dulce deslizándose hacia las sombras que se proyectan desde el pasado.

Y no dejo de pensar si habrá alguien esperando impaciente, en algún lugar de mi vida, a que sea yo quien le devuelva los mensajes que me lanzó como bienvenida.

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